EL TEATRO DE LA DERROTA

A los independentistas hay que agradecerles que escenifican muy bien sus derrotas y que su música fúnebre es perfecta y a los demás sólo nos queda añadir la letra. Es proverbial su destreza celebrando derrotas, y muy curioso cómo de perder han hecho su curioso modo de vivir.

Les gusta tanto perder que con el tiempo han ido olvidando que celebraban -por ejemplo- el 11 de septiembre como metáfora de una futura victoria. Si un día ganaran, sería por error y no sabrían qué hacer ni qué decir.

La jornada de ayer fue otra brillante puesta en escena de la decepción. Han pasado dos años y la victoria que más o menos les pudo suponer aquel 1 de octubre la han convertido ya en su nueva «derrota nacional», renunciando de un lado a la independencia y cayendo del otro en el más autonomista de los lenguajes, reclamando libertad de expresión o una amnistía. Nadie como ellos decora tan bien el hundimiento, ni lo vuelve tan rentable.

El acto institucional que se celebró en el Pati dels Tarongers fue la viva imagen de lo que hemos perdido, la representación de que apenas queda esperanza. Comparecieron Aragonès y Torra rodeados de un desolador museo del don nadie y leyeron un discurso redundante, sin épica ni Gracia; un discurso agotado de sí mismo que tuvo como deprimente final del absurdo aplauso que los dos políticos y sus anónimos acompañantes se dedicaron, como si ya fueran conscientes de que lo que dicen sólo a ellos les interesa, y sólo por inercia.

Hablar para sí mismos, aplaudirse entre ellos y coleccionar nulidades alrededor de una idea muerta: esto es lo que el independentismo ha aprendido a hacer desde 2017. Y no tanto porque la independencia de Cataluña sea imposible como porque ellos hacen que lo sea, haciendo como que tienen pis cada vez que les traen la cuenta y prefiriendo la comodidad de poderse quejar por haber perdido que el esfuerzo, el riesgo y el precio de intentar algún día ganar.

Un separatismo con el alma muerta y de agotadas fuerzas espera la sentencia del Supremo para acabarse de desparramar con actuaciones más molestas para el conjunto de los catalanes que eficaces para conseguir lo que se supone que son sus objetivos.

Y digo «se supone» porque una persona adulta tarda mucho menos en lograr o desistir de lo que se propone, y no esta estéril comedia que los independentistas (catalanistas, nacionalistas, etcétera) llevan siglos perpetrando. Una vez más, y van ya unas cuantas a lo largo de la Historia, han regresado de la fase de pensar que pueden ganar y más bien se aferran al vano intento de disimular su impotencia, para salvar los muebles y que su fanatizado público no les deje de votar.

La jornada de ayer fue un funeral y el cadáver eran ellos. Vendrán días de manifestaciones, palabras gruesas y calles cortadas. Aguas turbias pero calmadas. Más que peligro, incomodidad. Nada. Nada que no sea la misma nana en la que el independentismo lleva dos años dormitando, sabiendo que más le vale soñar porque no existe en la realidad. Es cierto que el tema agota, entorpece y empobrece.

Pero hay que reconocerles que como adversarios son muy agradecidos, porque con lo mucho que les gusta perder, y lo bien que lo llegan a teatralizar, basta con echarles algo de pienso, escucharles un poco las llamadas y sentarse a mirar.

Salvador Sostres ( ABC )