EL TELÉFONO DE GILA

En La Moncloa hay un teléfono de disco para las llamadas importantes. Nada de smartphones ni centralitas digitales. La ducha con cable rizado es más segura porque el chantaje analógico no deja rastro. Para la traición, lo mejorcito que hay es el cacharro de rueda con retroceso que Gila le dejó a España en herencia. Por eso la conversación de Sánchez con Torra va por ese carril.

-¿Está el enemigo? Que se ponga.

El diálogo entre el presidente del Gobierno y el golpista catalán inhabilitado se pareció mucho al del humorista madrileño con el general del bando contrario.

-¿Ustedes van a a avanzar mañana? ¿A qué hora? ¿El domingo? Es que a las siete estamos todos acostados…

El ultraderechista Torra,

 que se considera genéticamente superior por haber nacido en la tierra escogida y no se entera de que Cataluña es españolísima porque en todos sus pueblos hay un tonto, ya participó en el juego del teléfono cuando se filmó, emulando el célebre vídeo de Manuel Ruiz de Lopera cuando mandó abrir un banco por la noche para comprar el Betis, en el momento de telefonear a Sánchez sin éxito. «¡Es increíble, manda huevos!», exclamó.

No se entera de que el teléfono presidencial de Gila sólo funciona en una dirección. Si Sánchez se puso con los golpistas fue sólo porque los necesitaba para su investidura. Y ahora ha culminado su magistral obra de teatro visitando al general depuesto, que pinta ya en todo esto lo mismo que la rehabilitadora del «Eccehomo» de Borja. Encuentro inocuo. Con los tiros pactados. De fogueo.

-No sé si habrá balas para tantos. Bueno, nosotros las disparamos y ustedes se las reparten.

La batalla se queda sólo en el insulto, que no mata, pero desmoraliza. Mera patraña. Comedia, mojiganga, pantomima. Impostura farandulera, que es la especialidad de Pedro Sánchez, cuya dramaturgia nunca tiene trama en el escenario. Todo se desarrolla en la tramoya. Como con la sesión de «Aterriza como puedas» de Delcy Rodríguez.

Hemos estado días disfrutando con el espectáculo de Ábalos y su creatividad para las versiones falsas, pero resulta que el lío verdadero no estaba en Barajas, sino en el teléfono de Gila. La vicepresidenta del régimen de Maduro es la única persona del mundo mundial que ha conseguido que Sánchez atienda una llamada que sólo convenía al enemigo.

A partir de ahora tendré a Delcy en mis altares. Lo que ha logrado esa mujer es épico. No sólo consiguió que el presidente descolgara mientras ella descansaba en suelo prohibido, sino que se dio el lujo de impedir su detención gracias a la injerencia de un ministro en las labores policiales y de ordenar al jefe que no recibiera a Guaidó. ¿Lo recibió? Ea, pues blanco y en botella.

A este ritmo, habrá que decir de Sánchez lo que el Guerra dijo de Belmonte la primera vez que lo vio torear: «¡Darse prisa en ir a verlo!». Su velocidad para pasar de un escarnio a otro sin hacerse un rasguño está siempre en el filo del abismo.

Su nivel de temeridad es tan alto que en cualquier despiste le pierde la cara al toro y se tiene que sacar el pitón del hígado. Cuando se juega tanto con la suerte, el futuro es siempre una sorpresa. Cada vez que el presidente descuelga el teléfono, España está en peligro.

Porque se lo coge a los bolivarianos para obedecer sus instrucciones y a los golpistas para romper España antes que al líder de la oposición. Por eso en este frenesí dan ganas de marcar su número y pedirle lo que exhortaba Gila a sus enemigos cuando ya no aguantaba más:

-¿Podría parar la guerra aunque sea una hora?

Alberto García Reyes ( ABC )