EL TERCER LEÓN DE LAS CORTES

La despedida de Alfredo Pérez Rubalcaba, al salir por la puerta grande del Congreso entre las ovaciones de miles de ciudadanos nos ha demostrado que el bien que hacen los gobernantes no siempre queda enterrado con sus huesos. Nunca fue tratado tan bien en la vida como en la muerte el hombre al que evocamos erróneamente como a un Fouché de la argucia.

Para probarlo informemos que era la primera vez que accedía al Congreso un vicepresidente del Gobierno fallecido. Hasta ahora sólo tenía derecho a ser velados los presidentes del Gobierno y los padres de la Constitución. Pedro Sánchez (PSOE) pidió a Ana Pastor (PP) que se hiciera la excepción, y se hizo.

Hubo consenso y glamour en el duelo como suele ocurrir en España. Primero lo pensó Séneca: «Existe -dice el cordobés- la vanidad del dolor». En la posmodernidad el propio Alfredo Pérez Rubalcaba remató la sentencia: «Aquí se entierra muy bien».

En los funerales de Estado no se hacen procesiones con danzarinas y sacerdotes, pero se levanta una pirámide de vanidades desde que el señor de Orgaz dejó dicho en su testamento que para honrar su memoria se pagasen al cura y a los pobres dos carneros, ocho pares de gallina, dos haces de leña y 800 maravedíes.

La derecha que tanto odió a Rubalcaba y el actual PSOE con el que apenas tenía relación, fueron plañideras y organizadores de las exequias y hay que reconocer que se hicieron a lo grande; siempre suele ocurrir con los políticos: de Tierno Galván Adolfo Suárez pasando por Dolores Ibarruri.

El lunes 21 de abril cenamos -como solíamos hacerlo de vez en cuando- , en casa de Carmen Rigalt Antonio Casado, los anfitriones, Alfredo, su extraordinaria esposa la científica Pilar Goya y yo mismo. Nunca lo había visto tan ingenioso, desde que se quitó el lastre del poder, como aquella noche; estuvo terriblemente divertido.

Comimos como siempre albóndigas porque él no podía tomar pescado que le provocó anisakis. Al ver este fin de semana la retransmisión desde el Congreso me fui acordando de lo que decía Alfredo de algunas de las personalidades que asistían al funeral.

Él mismo se habría reído al verlos y se hubiera sentido incómodo porque entre sus sueños no estaba el de ser enterrado como un faraón. De niño quiso batir el récord de los 100 metros y de grande ser presidente del Real Madrid. Dije en el programa de Carlos Alsina que al pie del pórtico y de las seis columnas grises del Palacio de San Jerónimo están los dos leones y otro que se escondía en los pasillos.

El mismo lo dijo: «Yo soy el tercer león de las Cortes».

Raúl del Pozo ( El Mundo )