De la misma forma que, según el director de cine Manuel Gómez Pereira, no se puede confundir el amor con el sexo,  tampoco  es honesto igualar el pensamiento con la ideología porque el gran timo de los profesionales de la gestión de nuestras desgracias se sostiene en la esa mentira que  embauca fundamentalmente a los más ignorantes.

Históricamente, y aun hoy,  algunos intelectuales de la derecha o la izquierda han sido vilipendiados y condenados por los suyos por haberse atrevido a disentir o criticar la doctrina oficial del partido en el que militaban. “Pensar es discernir, tener ideología es acatar”,  y  como esos dos conceptos son incompatibles en cualquier ámbito intelectualmente respetable, hoy es prácticamente imposible escuchar un discurso político de altura porque  los dirigentes  de los partidos viajan a dos cuartas del asfalto que es el nivel que mejor les  identifica.

Para ellos la ideología es una coartada para  señalar al enemigo, que es la carnaza que necesitan ofrecerle a sus seguidores. Es una adulteración del pensamiento en el que se inspiran desde el momento en el que la etiquetan como mercancía y la venden cual si fuera el bálsamo de fierabrás.

La prueba más inexcusable de la estafa que practican los políticos  con la coartada de la ideología es que la mayor parte de los que se proclaman de izquierdas viven como si perteneciesen a la derecha más obscena gracias al dinero que le requisan a  los ciudadanos para acabar siendo millonarios cuando se retiran, aunque algunos de los actuales dirigentes  antes de llegar al gobierno ya venían aprendidos en el arte de “trinque” de dinero extranjero o en el tráfico de influencias que  siguen practicando ahora que viajan en coche blindado.

Es necesario  un debate social sobre ética e ideología,  y cuando se produzca algunos alcanzarán a comprender que existen unos principios que son comunes a los hombres y mujeres honestos de cualquier país,  sean de una ideología o la contraria.  La España de la transición política que fue un ejemplo para el mundo entero hoy es despreciada por los indigentes intelectuales y morales que gobiernan y reniegan de sus mayores.

No resulta complicado discernir el bien del mal, que no tiene que ver con ser de derechas o de izquierdas,  porque siempre existieron y aun hoy continúa existiendo en ambos lados,  grandísimos hijos de puta.  A ese dato sociológico hay que añadir a los representantes de las nuevas olas que nos ha traído el vendaval del siglo XXI, en cuyo primer cuarto han germinado una multitud  de indocumentados activos que  aunque por edad no han conocido los males del pasado, se van a dar de bruces con el futuro que les espera.

Alguien preguntará ¿y qué pasa con los que nacieron antes de esa fecha? Mi repuesta es que  en esta vida uno puede llegar al final de sus días conservando la dignidad o haciendo el ridículo  y si empiezo a escribir la lista,  se me acaba la tinta.

Diego Armario