Sorprende que medio siglo después de que Kruschev denunciara los crímenes de Stalin, de que Deng Xiaoping renunciara a los métodos de Mao Tse-tung y que el Muro de Berlín se desplomara como si fuera de cartón, en España arme tanto revuelo que un partido comunista sea investigado por delitos económicos y conductas ilegales.

Yo no necesité los nueve años que viví en el Berlín dividido para descubrir que el comunismo es un inmenso fraude. Me bastó tomar el S-Bahn o Metro elevado al día siguiente de llegar y darme una vuelta por la parte Oriental -mera curiosidad- para comprobar que aquello era peor que la España que dejaba detrás. Y lo que ha ocurrido desde entonces, no ha hecho más que confirmarlo.

El comunismo no trae la igualdad, ni la prosperidad ni la libertad. Bien al contrario: las aleja. Con decir que sus dirigentes, «la nueva clase» según Djilas, gozan de privilegios inaccesibles al común de la población, que escasean los productos básicos y que la libertad «¿para qué?» como contestó Lenin a Fernando de los Ríos, está dicho todo. Sin embargo, en España hay quien les vota e incluso quien les hace sitio en el gobierno.

Que Sánchez haya hecho vicepresidente a Iglesias, tras haber dicho que imaginárselo le quitaba el sueño, sólo se justificaría con la intención de alejarle de esa extrema izquierda que busca acabar con la Constitución del 78 que trajo el mayor desarrollo de la historia.

Pero resulta justo lo contrario: están tomando más la línea de Podemos que la del PSOE que envió a Marx a las bibliotecas y buscó equiparar España a las democracias occidentales. Es más, en la batalla que se está librando sobre la Monarquía, Sánchez dice defenderla, pero no a sus titulares actuales, que es tanto como declararse cristiano pero dudar de Jesucristo.

Sus «noticias perturbadoras e inquietantes» sobre Don Juan Carlos eran una zancadilla más que un respaldo, sobre todo al no ir acompañadas de la obligada presunción de inocencia. Presunción, en cambio, que concede a su vicepresidente segundo en las causas abiertas.

Mucho apunta que no sólo Iglesias está dispuesto a seguir en el cargo contra viento y marea, sino también Sánchez se dispone a mantenerlo. Eso sí que es preocupante cuando su único proyecto de gobierno parece ser mantenerse en él no importa cómo, a qué coste ni con quién.

Mientras Iglesias cree en su proyecto, entre otras cosas por no tener otro. Y su proyecto ya sabemos cuál es: el que me encontré en Berlín oriental en 1957. O incluso peor, porque los teóricos podemitas, como Monedero, han añadido al marxismo-leninismo lo que podríamos llamar fanfarria castro-chavista, cuyos resultados vemos en Venezuela.

Y nosotros, sin petróleo siquiera. ¿O intenta encubrir que el Covid-19 vuelve a andar suelto por el país? Entonces, confirma que, además de cobarde, es un ignorante.

Al virus no se le engaña como a los españoles.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor