El PSOE y Unidas Podemos están exhibiendo una piel muy sensible con su sonoro fracaso en las mociones de censura presentadas en Murcia y Castilla y León. Su lamento contra el transfuguismo favorable al Partido Popular suena a oportunismo de mal perdedor y deja a la vista su ya acreditada falta de escrúpulo ético en los últimos tiempos.

El apoyo de tres diputados murcianos de Ciudadanos al gobierno que ellos mismos habían formado con los populares ha sido interpretado por Pablo Iglesias como un delito de cohecho y compra de votos por el que ha denunciado al secretario general del Partido Popular, Teodoro García Egea.

Iglesias es muy libre de hacer el ridículo como le plazca, y esa denuncia es una exhibición absurda de su forma de entender la política, como cuando también anunció que la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, acabaría en la cárcel. Es parecido a lo que decía Donald Trump de Hillary Clinton en plena campaña electoral de 2016.

Tanto la izquierda como la dirección actual de Ciudadanos deberían aceptar que en Murcia ha fracasado la moción de censura contra el gobierno autonómico porque ha funcionado un pacto de coalición -no un apaño con tránsfugas- entre lo que queda sensato del partido de Inés Arrimadas en esa región y el PP. Transfuguismo es lo que ha hecho la dirección de Ciudadanos al romper sus pactos de gobierno en la Región de Murcia y en el ayuntamiento de su capital, fracasando en el asalto al primero y pactando -ellos, los liberales- con la izquierda radical de Podemos para poner al PSOE al frente del segundo.

La izquierda ha convertido su discurso más reciente contra la derecha en una sucesión de excesos, a cada cual más desquiciado, en la que ni siquiera falta la increíble afirmación de Pablo Echenique de que los maltratadores y agresores sexuales son principalmente votantes de partidos de derecha.

No hay freno en esta cascada de iniquidades con las que la izquierda está envenenando el ambiente político electoral, y todo apunta a que irá a más sin límite ninguno. Del escrache a los dirigentes del PP y de Ciudadanos en sus casas o en la calle, la izquierda pasa sin solución de continuidad a llamar «criminal» a la derecha o a endosarle el voto de violadores.

Por supuesto, Madrid no podía faltar en este relato de la crispación que ofrecen los socios de gobierno a la sociedad española. Ni veinticuatro horas ha tardado el Gobierno de Pedro Sánchez en señalar a Isabel Díaz Ayuso como responsable de los incrementos de contagios en Madrid, preludio de una campaña que cabalgará a lomos de muertos y de las UCI contra la presidenta madrileña.

Será una nueva demostración de la capacidad de la izquierda para presentarse como dueña de todas las virtudes políticas y cargar a la derecha con todos los vicios de la corrupción, el machismo, el transfuguismo, o lo que haga falta.

Parecería así que Sánchez no ha tenido nada que ver con la pandemia y sus cien mil muertos, o que las decisiones económicas tomadas en el Consejo de Ministros no han influido en los seis millones de parados reales que hay en España

Y, por supuesto, que aquellos de sus candidatos que han recalado en sus listas después de pasar por otros partidos no son tránsfugas, como los de la derecha, sino librepensadores.

El PP ya sabe lo que le espera en Madrid y está en su mano responder con inteligencia y mesura a lo que será una cadena de provocaciones para forzar errores que le hagan perder votos en unas elecciones autonómicas que la izquierda se está tomando como un ensayo de comicios a nivel nacional.

ABC