Las cifras que arroja en este final de año el sector más determinante de nuestra economía, el turismo, son demoledoras y, lo que es peor, resultan nada halagüeñas ni siquiera a medio plazo. La pandemia ha terminado por devastar cualquier expectativa de mejora inminente, e incluso sigue siendo muy incierta la posibilidad de recuperar el terreno perdido hasta dentro de dos años.

Por eso 2021 será poco más que una mera transición a ciegas que convertirá en una utopía la pretensión de alcanzar los niveles de visitas extranjeras anteriores a la crisis. La actividad turística habrá perdido este año 106.000 millones de euros en términos de PIB, lo que representa dos terceras partes del desplome total de la economía del país.

De hecho, el turismo representa el 12 por ciento del PIB en términos directos, y más del 22 por ciento en indirectos. La magnitud del drama se percibe con el solo dato de que, en apenas diez meses de enfermedad, España habrá retrocedido a niveles turísticos de hace un cuarto de siglo porque el sector ha perdido 400.000 empleos, un desplome inédito que se traduce en más del 14 por ciento del trabajo perdido respecto a 2019.

Ni siquiera en la crisis sufrida entre 2008 y 2012 se alcanzaron semejantes cifras, ya que entonces no llegó a superarse el 3 por ciento en este sector.

Más datos alarmantes: este ámbito empresarial concluye el año con más de 100.000 establecimientos cerrados o en quiebra; y de las 772.000 personas insertas en expedientes de regulación temporal de empleo, más de la mitad son víctimas de la caída del turismo porque la pandemia ha hundido a las agencias de viajes, a los servicios de alojamiento, al transporte aéreo, a los servicios de comida y bebida, y a la industria del ocio.

Si a ello se añade que la incipiente recuperación que se esperaba este otoño ha resultado fallida por la segunda ola de contagios y por las restricciones entre países, y que la campaña de verano de 2021 aún es muy incierta, nadie calcula que antes del verano de 2022 aparezcan brotes verdes de ningún tipo.

El Gobierno no ha entendido la gravedad del varapalo para un sector sin el que España no es España. La ministra Reyes Maroto llegó tarde a la crisis, calculó mal sus efectos, y cuando quiso tomar decisiones ya era tarde. Pese a los esfuerzos propagandísticos de La Moncloa, encabezamos las peores tasas de contagios, hospitalizaciones y muertes de toda Europa durante muchos meses.

Eso convirtió a España desde el primer momento en un país tabú para viajar. Apenas se previeron medios contra la pandemia, la improvisación política era constante, se decretó un estado de alarma del que se derivó un forzoso cierre de fronteras, y no supimos actuar en connivencia con otros países para proteger en lo posible una mínima cuota de turismo.

Además, el Gobierno actuó con negligencia cuando debió luchar por mantener abiertos los «corredores turísticos» que al menos salvasen la campaña en Canarias y Baleares.

España siempre fue a rebufo de una crisis que no ha sabido, o querido, afrontar con ayudas directas al sector turístico. La concesión de créditos, los aplazamientos fiscales o las bonificaciones solo han sido parches inútiles equivalentes a tapar con un dedo una profunda vía de agua

Sin ayudas directas, que es precisamente lo que han acordado otros países, el Gobierno ha desprotegido al turismo al punto de abocarlo a una ruina que tardará muchos meses en salvar. Nada es irreversible, pero la competitividad en el ámbito turístico es esencial, y España no ha hecho nada por mantenerla.

ABC