Parece mentira que alguien, a fecha de hoy, pueda sorprenderse de cualquier acción, por muy indigna que parezca, que pueda llevar adelante el gobierno social-comunista que sufrimos.

Tras inocularnos el pavor, ese que se detecta por las calles cada vez que te cruzas con alguien, aunque vayas embozado, y en un acto casi reflejo se separa de ti como si fueras un leproso a la más rancia usanza del Antiguo Testamento; el mismo que se desprende cuando escuchas a alguien, en plena calle, reprender, voz en grito, a aquel que no lleve la mascarilla puesta aunque esté a más de veinte metros de “distancia social” o en la mirada inquisidora de alguna porterilla malsana de barrio con sabor a viejo que, oculta tras los visillos, vigila para avisar a la Policía caso de ver reunidas a más de dos personas de esas que llaman “no convivientes”.

Ese pavor, es el que nos ha convertido en vulnerables, en cobardes amedrantados, que asistimos impasibles, disciplinados y callados, ante cualquier barbaridad, cometida por esta gente de la izquierda que nos está llevando a la ruina más espantosa y miserable, amparados en la vana promesa de salvarnos de morir del “chonovirus”.

Ya lo hemos dicho, bajo la batuta del Partido Socialista Obrero Español -que, por cierto, siempre fue igual-, comunistas, antisistema, separatistas, proetarras y golpistas, interpretan, como si de una orquesta bien conjuntada se tratase, esta especie de sinfonía patética que parece querer anunciar el final de nuestra España, algo así como el último compás de una macabra composición cuyo preludio se comenzó a interpretar muchos años atrás.

Todo está permitido ante la total pasividad de un pueblo acobardado y temeroso que, a lo que se ve, prefiere mirar para otro lado sin importarles lo más mínimo la perdida constante de libertades, la permanente limitación de nuestros derechos más elementales, el despilfarro de nuestros dineros para sostener chiringuitos clientelares de feminazis; lgtbi y no sé cuántas letras más; falsos ecologistas; animalistas; golpistas; filoterroristas; perroflautas; mafias que, ocultas bajos las siglas más que dudosas de ONGs, están propiciando una invasión de España en toda regla; la mentira sin recato en todos los aspectos; etc., etc., etc.

Tal vez, el último desafuero, si no hubo otro en los últimos minutos, que todo puede ser, haya sido la desmesurada sanción disciplinaria impuesta al Subinspector de la Policía Nacional, Alfredo Perdiguero.

Siempre hemos defendido la necesidad de limitar nuestras opiniones, especialmente en temas de carácter político o partidista, mientras nos mantuvimos en servicio activo lo que, desde luego, no impedía que elevásemos al mando, por el conducto reglamentario, nuestras discrepancias con todo aquello con lo que podíamos no estar de acuerdo, atendiendo siempre a la necesidad de que tales consideraciones de carácter personal no traspasasen nunca los límites de la Institución a la que servíamos.

Sin embargo, en esta ocasión, creemos que la medida de sancionar al Subinspector Perdiguero con un año de empleo y sueldo es desmesurada, sobre todo si atendemos a la falta cometida que no fue otra de dirigirse al indigno “coletas” como el del “moño”, más que un calificativo, un epíteto a tenor de la imagen que suele mostrar el personaje en cuestión.

Por otra parte, tal denominación no constituye agravio, insulto u ofensa alguna, a lo sumo una falta de respeto que, si consideramos los antecedentes que obran en el expediente personal del tal “coletas”, no debería de extrañarle ya que él mismo ha sido el responsable de que se le pierda todo el respeto que podía merecer que, ciertamente, creo es ninguno.

Todavía nos acordamos cuando “se emocionaba” al ver como a un policía lo pateaban, sin compasión, algunos de los cipayos al servicio de su partido o, al menos, de su ideología. Igual que recordamos cuando pregonaba a los cuatro vientos aquello de “jarabe democrático” al referirse a otros o hacía voto solemne de que jamás percibiría del erario un salario superior a 2.000 euros. Todo aquello, al convertirse en parte de la casta que decía odiar, cayó en el olvido para este individuo lo que ha provocado que se le pierda el poco respeto que merecía.

Por otra parte, desde que estos individuos están en el poder, asistimos a la sinrazón más absoluta en todos los aspectos. Los proetarras de Bildu, se permiten, sin recato, manifestar que vienen a dinamitar el Estado; los golpistas catalanes persisten en su intención, al igual que los vascos del PNV, de romper España en varios trozos; los comunistas, antisistema, populistas y demás perroflautas y, a lo que se ve, hasta aquel que gritaba aquello de “Teruel existe”, contando con el concurso cómplice y necesario de los socialistas, no se recatan en proclamar su intención de traernos una nueva República, derrocando el régimen monárquico, y todo ello, lo proclaman, con total naturalidad en cualquiera de las Cámaras de representación, sin que ello suponga ni las más mínima llamada de atención pese a su condición de perjuros puesta sobradamente de manifiesto.

Perdiguero, no puede llamar al “coletas” el del “moño” -pese a que tan siniestro individuo lo luce sin recato-, por ser un servidor del Estado y, sin embargo, estos tipos, que también lo son, cobrando todos de nuestros bolsillos, pueden permitirse todo tipo de desafueros con total impunidad. Da igual insultar a España, al Rey o a quien sea, ellos están legitimados y el resto, los pobres mortales, debemos callarnos, ser buenos y disciplinados, tolerando que se lleven a nuestra Patria por delante.

Para estos personajes, ofender a la Religión Católica -con otras no se atreven los muy valientes-, quemar Banderas de España o fotografías de S.M. el Rey, son simplemente manifestaciones externas inocuas de las que son protagonistas sus fieles cipayos, amparándose bajo el paraguas de la libertad de expresión; sin embargo, que Perdiguero llame al “coletas” el del “moño” es un delito de lesa majestad que merece ser corregido de forma inmediata y ejemplarizante, para que a nadie más se le ocurra cometer tamaña osadía. Se salva el bueno de Perdiguero de que la pena de muerte esté abolida ya que, de lo contrario, lo veía, al amanecer, ante un pelotón de fusilamiento y, encima, sin derecho a tambor.

Y todo es así, si vas a manifestarte -un derecho reconocido en la Constitución- delante de la casa del “coletas” o del “moño”, corres el riesgo de ir a dar con tus huesos a la cárcel; sin embargo, los proetarras siguen festejando la puesta en libertad de cualquiera de los viles asesinos que mataron, sin piedad, a policías, guardias, militares y paisanos.

Si en alguna de las redes sociales que, al igual que una buena parte de los medios de comunicación, están bien alimentadas con el dinero de todos, te atreves a discrepar de la ideología oficial, esa que defienden con encono feminazis, lgtbis, pro-abortistas, pro-eutanasia, pro-inmigración ilegal, animalistas, etc., automáticamente, en un claro ejercicio de respeto a la “libertad de expresión”, van y te lo censuran; sin embargo, se permite que tipos de la catadura moral de comunistas, golpistas, filoterroristas, etc., guíen los destinos de nuestra Patria hacia la hecatombe.

Efectivamente, el Subinspector Perdiguero tal vez debió medir sus palabras, sin embargo, al igual que, en su día, hicieron Daoíz, Velarde y Ruiz que antepusieron el honor a la disciplina, gracias a lo cual no somos una provincia gabacha, Perdiguero, con coraje y valentía, gritó, en alta voz, lo que pensamos miles y miles de españoles pero que no nos atrevemos a decir.

Muchas gracias, Perdiguero por tus palabras y que sepas que muchos españolitos te apoyamos, diga lo que diga el del “moño”, la “llorona” o “Doña Rogelia”, nosotros estamos contigo.

José Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )