Según la lógica especulativa o literaria que digo, el régimen español actual tiende hacia una monarquía electiva, que, eventualmente, podría adoptar con naturalidad la forma de república. Los españoles no escarmentamos de los desastres que han sido las dos primeras repúblicas.

Desde luego, se atisba el deseo oculto del actual jefe de Gobierno de ser ensalzado con las ínfulas que supone la dignidad de un jefe del Estado. De momento, se conforma con el sonoro aplauso organizado por parte de sus huestes. Desde Franco no se veía un espectáculo tan ostentoso.

Recuérdese que el general Franco fue nombrado por sus cuates como «jefe de Gobierno del Estado», pero él puso en el escrito, para simplificar, «jefe del Estado». Algo así podría resultar de las trapacerías del doctor Sánchez.

Por si fuera poco, se recupera del franquismo e incluso del despotismo ilustrado del siglo XVIII, la institución del valido. Lo fue el almirante Carrero Blanco con el general Franco y lo es Pablo Manuel Iglesias Turrión con el doctor Sánchez, cada uno a su estilo, naturalmente. Ya sé que no se deben comparar peras con manzanas, si bien ambas son frutas.

La institución del valido permite exonerar de responsabilidades al jefe del Gobierno, dedicado más bien a un papel ostentatorio, como si fuera un jefe del Estado. El valido es el que impone la política a seguir, las decisiones menudas, que incluso pueden llegar a ser, necesariamente, impopulares. De esa forma, se mantiene incólume el carisma del jefe supremo.

El valido cumple el papel de pararrayos, de escudo protector, y se sujeta a las posibles quejas de la plebe más o menos sumisa o arriscada. (Recuérdese el suceso del ‘sombrero de tres picos’ en el siglo XVIII). El riesgo es que el valido puede desaparecer del mapa político como consecuencia de las veleidades del tirano, o por el impredecible azar.

Los españoles talludos recordarán las primeras palabras del mensaje navideño de Franco en 1973, a los tres días del asesinato de Carrero Blanco: «¡Españoles! No hay mal que por bien no venga». El Caudillo era un maestro de simplezas y de sorpresas.

Hoy las cosas son más alambicadas (o sofisticadas, como ahora se dice). El valido actual juega a ser campechano, por lo menos, a través del lenguaje desgarrado y el atuendo estrafalario, que no es poco. Se afilia a una especie de comunismo latinoamericano con tintes feministas.

Es lo que nos espera si Dios no lo remedia.

Amando de Miguel ( Libertad Digital )