EL VALLE DE LAS CAÍDAS

Carmen Calvo pidió audiencia en el Vaticano para que monseñor Parolin le explicara el sentido de uno de los proverbios de Salomón, aquel que asegura que «el que cava un hoyo caerá en él, y el que hace rodar una piedra sobre él volverá». La vicepresidenta del Gobierno va para exégeta del Registro de la Propiedad y de las Sagradas Escrituras, a cuya lectura se aficionó entre rato y rato, mientras trataba de levantarle por lo civil la Mezquita-Catedral al Obispado de Córdoba.

Llevaba Calvo dándole vueltas al proverbio del rey judío bastante tiempo, y ayer tuvo ocasión de abordar su significado con el número dos de la Santa Sede. Ni siquiera Salomón, en su infinita sabiduría, hubiera podido encontrar mejor ilustración para su aserto que el esperpento sanchista de la exhumación de los restos de Franco.

En nombre del Gobierno, Carmen Calvo carga con el muerto que la izquierda quiso desenterrar y va de peregrina a Roma para que los curas le echen una mano en su velatorio retroactivo. A Franco lo iban a sacar del Valle de los Caídos por decreto y antes de las vacaciones de verano -eso dijo Sánchez, metido a sepulturero municipal-, pero estamos en vísperas de los Santos, del 20-N, del Black Friday, de la lotería, del roscón de Reyes y del Carnaval y no hay quien coja la pala y lo traslade al destino elegido por su familia, a quien por Derecho corresponde darle cristiana sepultura.

En la Almudena, según se sale de la plaza de Oriente, bajando a la derecha, dicen los Franco que tienen hueco, muy céntrico, a diez minutos a paso ligero de Ferraz. Peor que meterse en un jardín, especialidad del socialismo, es hacerlo en una cripta.

Carmen Calvo, la ministra que fue fraila, mujer proverbial, pidió ayer a Parolin que le arregle lo de la Almudena, templo sin demasiados atractivos arquitectónicos y que con Franco dentro podría desplazar a la misma Sagrada Familia de Barcelona como destino turístico en lo universal.

Muy desesperados tienen que estar en el Ejecutivo para mandar a Roma a la vicepresidenta y enfangar a la Iglesia en un asunto, privado y meramente propagandístico, que a los curas les da a estas alturas bastante lo mismo.

La vicepresidenta pidió cita con un cardenal del seguro, un Parolin que le dio largas vaticanas y aceptó encubrir su consulta salomónica bajo un balance de cuestiones diversas, pero lo que el Gobierno necesita es un buen exorcista, un profesional del sector de los demonios que le saque de la cabeza todas esas cosas que en busca de votos tanto le complican y nos complican la vida.

Jesús Lillo ( ABC )