Me dicen que se ha hecho, se está haciendo o se va a hacer, que no sé bien, pues en absoluto me interesa, un vídeo de gente con maneras, a su medida de narciso. A Sánchez -y a los que son como Sánchez- le gustaría convertirse en el encantador de todo el mundo, pero respecto a sí mismo ya no le queda ni mentira ni astucia que sorprenda. Ningún pensamiento, ninguna palabra es en él verdadera.

Por eso el final de su vida política es cuestión de tiempo, hasta que urda alguna mentira superior a sus fuerzas de mentiroso contra la que se estrelle. Lo triste es que no le cabrá al pueblo pusilánime el honor consciente de reventarlo políticamente, como debiera ser, sino que deberá su caída a sus propios colegas infernales, o a sus amos.

En realidad, Sánchez es un fracasado, condenado por añadidura, con su presencia y maneras, a embrutecer más aún con sus maldades a los asnos del reino, en tanto organiza con los suyos una sociedad de adulaciones mutuas y de duraderos lóbis y sinecuras, y condenado, así mismo, a no remontarse en sus ideas a mayores alturas que las de cumplir y defender los multimillonarios intereses de sus amos, en contra de los intereses de España y de los españoles.

Los políticos como Sánchez no se avergüenzan cuando mienten, ni temen ir al infierno, pues ya viven en él; en ellos la ocultación de la verdad se tiene por arte, y la simulación por virtuosismo. Sánchez suele decir -como es costumbre en las izquierdas resentidas cuando gobiernan- que España va muy bien.

Y, en efecto, España va muy bien para ellos y sus amos, los plutócratas; pero la realidad, de la que siempre huyen, persiste en demostrarles la falacia de su discurso. No obstante, cuando a ellos -socialcomunistas- y a las clases dominantes -capitalistas- les va bien, siempre tratan de vendernos que España va bien para todos.

La corrupción es la basura que come Sánchez todos los días, junto al resto de frentepopulistas y sus cómplices, y la basura que a su vez les come. Una basura heredada de sus padres políticos, y multiplicada. Frentepopulismo y democracia son términos incompatibles.

Por eso el concepto «transición democrática», más aún que como una anfibología, quedará en la Historia como una noción artificial, falaz. Desde el primer momento, con la gestión constitucional de sus antecesores, y luego más tarde con el desarrollo confabulador partidocrático, la pretenciosa y engañosa «transición a la democracia» se fue desenmascarando, hasta mostrarse como la ciénaga que es.

Ha quedado así una democracia para ricos, un socialismo de elite y una LGTBI devenida en porno duro y corrupción de menores, todo ello, como digo, para gente guapa, pilaristas evolucionados y ciudadanía provinciana con ínfulas cosmopolitas, uropeas o globalistas, de riqueza hortera, a cuyo abominable y aberrante consumo y práctica quieren obligarnos a todos.

Este resentido izquierdismo de terciopelo, este marxismo pijo y este progresismo de club y de visa oro, se apropió el negocio y la libertad para sí mismo, dejando al paisanaje con la miel en los labios y la cara de tonto, aunque con acceso, eso sí, a algunas migajas de entre los innumerables platos del festín.

Ha quedado así un socialcapitalismo -y, más allá, un frentepopulismo- maniobrero y de salón palaciego, con la plebe confinada en las caballerizas. Pero la plebe sigue mirando hacia otro lado y tragando muladares, uno tras otro.

Sánchez, como todos los de su ralea, dedican su tiempo y su talento a hacer el mal, y a adorar a dos dioses: poder y dinero. Y están adscritos a un modelo irrenunciable: gobernar, mandar despóticamente y delinquir. La prepotencia, el tráfico de influencias, el nepotismo institucionalizado, la adhesión inquebrantable al amo y al líder, la perversión, el aplastamiento de la disidencia, la insidia contra el despreciable opositor, la marginación de los «eternos descontentos», la jactanciosa omnipotencia, se hallan en su naturaleza.

Y por si esto no fuera suficiente, se muestran tan exageradamente susceptibles a la crítica y a la oposición que no dudan en controlar a los jueces, a los ejércitos, a los informadores, a los educadores y a los intelectuales. Por eso, mediante sus leyes, insisten en acabar con toda opinión independiente y en rentabilizar sociopolíticamente el miedo y el espantadizo descontento popular.

Cuando un parlamento se reparte las decisiones judiciales, o se las apropia, no es ya un parlamento, sino una casta oligárquica. Cuando el Estado se convierte en instrumento para defender los intereses patrimoniales de los poderosos, y cuando las razones de Estado sirven para tapar a ladrones y criminales, la altisonante democracia es un sarcasmo, y los poderes establecidos que la proclaman a través de sus comandos mediáticos dependientes, unos demócratas saduceos.

Esta es la situación, amables lectores, y en ella, Sánchez, «el narciso del vídeo», es el rey. Rey de un reino sin verdadero Rey -permítaseme el juego retórico-, en donde nos desayunamos cotidianamente con provocaciones, engaños y burlas de canallas, baja maldad, invectivas e insidias por bocas de histriones subsidiados, y miedo inoculado en la sangre plebeya. Un reino de especulaciones partidocráticas, financieras y comerciales -subida imparable de precios aprovechando ese río revuelto forjado por los intimidantes y venales informadores-.

Un reino de abyectos ambiciosos en el que su líder gubernamental se permite autoglorificarse -con o sin vídeos- arropado por el bombo de sus cortesanos. Creyendo, sin duda, que desde su poltrona adoctrina graciosamente, y figurándose que es el único en el mundo que rebosa atractivo y agudeza.

Que puede reírse en las mismas narices de los españoles y que sus crispamientos totalitarios alcanzan a todos; de ese modo piensa ser considerado un inolvidable dirigente e incluso un idolatrado compañero de mesa, no sólo para los suyos.

Pero, finalmente, acabará derribado y no hallará a nadie que beba a su salud.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )

viñeta de Linda Galmor