Se busca, ha desaparecido. Lo define la RAE como la habilidad o facilidad para superar dificultades adversas y evitar consecuencias negativas, además del dominio o perfección de cualquier arte o técnica. Les hablo del virtuosismo, de su pérdida de identidad, del sentido de una definición descarriada, de su busca y captura en un mundo peligrosamente asomado al abismo, de vidas abocadas a una ruina global.
Y me refiero a la primera acepción, la de hacer bien las cosas, aplicar el mejor de los criterios, hacer uso del sentido común para, cuando vienen mal dadas, actuar de manera sabia y ejemplar en la resolución de múltiples conflictos que surgen en nuestro camino y, con el deber de la responsabilidad como testigo, en el de los acompañantes habituales en la aventura de nuestra vida.
Y el virtuosismo está repleto de ejemplos prácticos en la vida y obra del gran Tolkien. Los personajes de «El Señor de los Anillos» bien hacen gala de todas esas habilidades o virtudes en pos de una meta. Por desgracia y de manera casi anacrónica, actualmente las echamos de menos en los terrenos que pisamos y las empresas que abordamos durante el fragor de nuestras más rabiosas y combativas contiendas diarias.
Tampoco se trata de exagerar con el desempeño de roles preponderantes como los exhibidos por el grupo de hobbits. En su camino para destruir el anillo, Sam Gamgee es prueba fehaciente de todo aquello a lo que debemos aspirar. Sus constantes muestras de fe y tesón para que la misión tuviera éxito, independientemente de las «piedras» del camino, representan el paradigma de labor comunitaria, de la entrega moral y física por y para el prójimo, de la defensa a ultranza del compromiso con la ejecución de unos valores.
Y Tolkien sabía de eso; además, de primera mano. Su experiencia en la Gran Guerra, su presencia en las trincheras y la camaradería con los hombres de su pelotón le iban a servir como espejo para su posterior narración literaria y la evasión a través de un impresionante y enrevesado mundo de ficción.
Sin embargo, la mesura no está de más en las situaciones que nos atañen y hemos de evitar enseñar todas nuestras bazas en la misma partida, apostar por más de un caballo ganador en una carrera o comprar todos los boletos de la tómbola. No hay exceso que valga cuando la prudencia guía nuestros pasos.
Por otro lado, de un tiempo a esta parte, la sabiduría viene tambaleándose ante los certeros golpes de la estulticia que ha usurpado el reino de un conocimiento otrora inalcanzable para el necio. La miel no parecía estar hecha para la boca del asno, pero, con la diversidad de acémilas humanas que proliferan, su melada atracción se ha tornado facilona para «hunos» y «hotros» y, lo peor, la exteriorización y puesta en práctica se han convertido en el pan nuestro de cada día.
Seguramente, hemos podido desenmascarar a alguno de los culpables: la dejadez y la inacción. Les hemos dejado actuar haciendo caso omiso de sus desvaríos o riéndonos de sus despropósitos. Eran señales, advertencias, síntomas de la calamidad que llevan por bandera. Ambas, dejadez e inacción, se han aliado a la hora de empuñar la infame espada que, en repetidas acometidas, busca su presa fácil para conseguir el cobarde objetivo y la división de los que, atónitos, no dejamos de asombrarnos ante la realidad y normalidad vigentes. Y da igual el calificativo que quieras añadir o, como sabes, el que te quieran imponer. Ellos son más de imposición fácil. Es la previa al gatillo.
De la valentía, ni mencionarla. Ni que decir tiene que intenta encontrarse a sí misma ante esa compulsiva e infame ceguera que subyace en un pueblo servil, acomodado, anestesiado y puntualmente despierto a final de mes para una reconfortante paga estatal u otros parabienes que, con esas nuevas dosis, permiten reactivar el efecto del cloroformo necesario en el tránsito por una vida dispersa y superficial, ausente de fe y esperanza, de las convicciones precisas en el intento de revertir la triste cotidianidad que nos acosa.
¿Y se acuerdan de la lealtad? Pues ha sido aniquilada, borrada del mapa, abducida por los excesos del individualismo, las carantoñas del materialismo, la comodidad del escaqueo y los encantos de la zona de confort.
¿Responsabilidades para con los demás? Las justas; mejor, las mínimas. Hoy, se vende caro lo de exponerse, mostrar lo mejor de uno mismo cuando los supuestamente valientes, los que antes tomaban las riendas y se partían la cara, han emulado a su opuesto en el viaje hacia un plácido exilio como destino. Si no, la triste y solitaria condena del ostracismo por ejercer de disidentes o ser políticamente incorrectos. Al menos, les queda el consuelo. Lo intentaron cuando alguno ya empezaba a tomar posiciones en lo que, ahora, es ese acomodado modus vivendi con tantos adeptos y adictos.
Y si sabiduría, valentía o lealtad han detenido sus constantes vitales, no esperes compasión. No existe, tampoco se la espera. Se ha visto obligada a una extinción prematura por la carencia de ejemplos, por la ausencia de pruebas de, precisamente, los que más han de llevar la batuta debido a su condición o profesión.
Eres, pues, del otro bando, del polo opuesto, el Gandalf de Sauron, la representación del Bien contra un Mal que, a marchas forzadas, extiende su oscuro manto sobre la Tierra y los mortales con innumerables pruebas de su músculo, de la fortaleza de cuerdas que aprietan, de sogas que ahogan a todo aquel que, irreductible, se resiste a dar muestras de condescendencia ante los falsos profetas de cuotas, planes y agendas de la destrucción.
Emilio Dominguez Diaz ( El Correo de España )