Cuando en el año 1980 Jordi Pujol llegó a la presidencia de la Generalidad se encontró con una Cataluña que era con diferencia la región con un mayor nivel socioeconómico de España.

Lejos quedan aquellos tiempos de bonanza, ya que tras cuatro décadas de gobiernos nacionalistas- con el interregno nacionalsocialista de Pascual Maragall- la Cataluña actual se caracteriza por la existencia de una dictadura identitaria cada vez más hostil y asfixiante, que en la práctica se ha traducido en la fractura social, la permanente violencia callejera y  la depauperación económica.

El punto culminante del proyecto totalitario del nacionalismo catalán se produjo en 2017 con la celebración de un referéndum de autodeterminación ilegal y encima amañado, seguido de una grotesca declaración unilateral de independencia (dui) de 8 segundos de duración.

Ante tal situación, en medio de una ridícula por aliquebrada aplicación del artículo 155 de la Constitución por parte del siempre pusilánime Mariano Rajoy, tanto Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo, como Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, declararon que las consecuencias de que un territorio abandone ilegalmente un Estado miembro implicaría su salida de la Unión Europea y de la moneda única.

Si a ello unimos que, debido a su elevadísimo nivel de endeudamiento, la emisión de nueva deuda por parte de Cataluña es calificada por todas las empresas de rating como “bono basura” y que tras la dui más de 7.000 empresas trasladaron su sede fiscal de Cataluña a otras regiones españolas, parece evidente que el triunfo del independentismo significaría no solo el silenciamiento de toda forma de disidencia ideológica con el proyecto nacionalista, sino también una inevitable ruina económica, de la que solo escaparía la clase oligárquica rectora del proceso.

Ante tan amenazante panorama cabe preguntarse qué ha llevado a que en las recientes elecciones autonómicas catalanas las fuerzas independentistas hayan obtenido en su conjunto una mayoría absoluta. La respuesta a tal cuestión, como no podía ser de otra manera, es múltiple.

Así, en primer lugar, nos encontramos con una ley electoral catalana que distorsiona los resultados, beneficiando al independentismo, al asignar a cada una de las provincias un número de escaños que no se correlaciona con la población de las mismas. De esta forma, provincias eminentemente rurales, donde predomina el voto nacionalista, como Lérida, Gerona y en menor medida Tarragona,  se hallan sobrerrepresentadas, mientras que la más urbana y cosmopolita Barcelona, donde hay una mayor proporción de voto constitucionalista, se halla infrarrepresentada.

A su vez, en segundo lugar, es necesario poner en valor el alto grado de abstención, un 46,45%, que se ha producido, ya que ello nos indica que casi la mitad de la población catalana ha decidido no participar en unas elecciones que, como siempre en los últimos años, eran planteadas por los partidos a favor de la autodeterminación como plebiscitarias.

En mi opinión la única explicación plausible de tal hecho es que una gran parte del abstencionismo se corresponde con una población posicionada en el centro-derecha del espectro político catalán, dado el absoluto abandono al que se ha visto sometida por parte de Cs y el PP.

Así, Inés Arrimadas, poco más que una cara bonita y un discurso vistoso al frente de Cs, no solo ha cansado al electorado con sus permanentes vaivenes ideológicos, sino que además, tras su victoria en los pasados comicios autonómicos, protagonizó una vergonzosa huida de Cataluña, haciendo con ello una absoluta dejación de responsabilidades.

En consecuencia, la veleta naranja ha conseguido que sus votantes, confundidos y humillados, hayan dejado de otorgarle su confianza de forma masiva, anticipando con ello, si no su desaparición, sí al menos su paso a la clandestinidad política.

Por su parte, Pablo Casado, miserable personajillo al frente del PP, renunció cobardemente a plantear la batalla ideológica contra el radicalismo de izquierdas, como demostró explícitamente al cesar a Cayetana Álvarez de Toledo, demostró su incapacidad para construir una gran alternativa de centro-derecha al atacar de forma absolutamente ruin a Santiago Abascal durante la moción de censura al gobierno socialcomunista y, por último, se sometió indecentemente al secesionismo al criticar la actuación policial durante la luctuosa jornada del 1-O.

Tal cúmulo de lamentables actuaciones no ha hecho otra cosa que acelerar el declive de esta derechita cobarde y acomplejada que representa el PP, hasta el punto de convertir a la gaviota azul en una especie en peligro de extinción, al menos en Cataluña.

Por todo esto, entendemos que una buena parte de la población catalana, desamparada por el abandono de aquellos partidos políticos que deberían representarla y defenderla de la humillación permanentemente perpetrada por las intransigentes fuerzas nacionalistas, ha optado por someterse resignadamente al yugo independentista.

Por último y en tercer lugar, llegamos al punto clave, que no es otro que la construcción nacional de Cataluña iniciada por un engendro cleptomaniaco como Jordi Pujol, con la absoluta adhesión de ERC, el apoyo cada vez más indisimulado del PSOE/PSC y la aquiescencia bastarda del PP.

Evidentemente, como nación no había, lo primero que hizo Pujol fue crear nacionalistas en busca de nación, para lo cual puso en marcha una gigantesca campaña de adoctrinamiento que tenía como centros neurálgicos las escuelas y los medios de comunicación tanto públicos, controlados por la Generalidad, como privados, sojuzgados por mor de la lucrativa publicidad institucional.

Esta campaña identitaria se ha vertebrado en torno a cuatro ejes: 1) la falsificación de la historia con el fin de crear en el inconsciente colectivo un orgulloso sentimiento de pertenencia a un territorio conceptualizado como nación, 2) la inmersión lingüística con la intención de situar al idioma como elemento vertebrador del pueblo catalán, 3) la invención de un enemigo común, en este caso España, causante de todos sus males y 4) la exigencia de que el conjunto del pueblo español acepte su supuesto derecho de autodeterminación.

En todo ello subyace la invocación a un elemento diferencial, que en realidad es preferencial y soporte del supremacismo excluyente característico de todo nacionalismo y que en el caso catalán tiene evidentes connotaciones xenófobas, al exaltar, hasta caer en la más absoluta estupidez, los valores propios de una supuesta cultura catalana, que no existe en puridad, dada la imbricación secular del costumbrismo catalán con la tradición española de la que forma parte indisociable.

Demostrar la falsaria demagogia que encierra el discurso nacionalista catalán es cosa relativamente sencilla. Así, en primer lugar, lejos de planteamientos esencialistas o primordialistas, resulta obvio que toda nación es fruto de un proceso de construcción histórica, el cual nunca se dio en el caso catalán, mientras que si ocurrió en el caso de España, la cual, allá por 1942, se constituyó, por obra y gracia de los Reyes Católicos, en la primera nación  del mundo en el sentido moderno.

En segundo lugar una lengua no hace nación, ya que, teniendo en cuenta que en la actualidad hay 6.700 idiomas en el mundo y tan solo 193 naciones, la aplicación de dicho principio ontológico supondría el retorno a una estructura territorial basada en sociedades tribales incompatible con el mundo actual.

En tercer lugar, España no solo no es el enemigo de Cataluña, sino que es la base de su sostenibilidad, como lo demuestra el hecho de que en los últimos 10 años la Generalidad haya recibido del Gobierno de España más de 100.000 millones de euros en préstamos a muy bajo coste, siendo la región española que más dinero ha percibido del Fondo de Liquidez Autonómica.

Y, en cuarto lugar, el Derecho de Autodeterminación al que se aferra el independentismo solo es aplicable a pueblos colonizados o invadidos militarmente, tal y como establece la ONU en los llamados Pactos Internacionales de Derechos Humanos, por lo cual su apelación a tal derecho se basa en una falacia evidente, ya que Cataluña ni está colonizada ni está invadida militarmente.

En cualquier caso, basta decir que el nacionalismo catalán supone un inaceptable regreso al Medievo, al pretender sustituir al conjunto de la ciudadanía española como sujeto soberano por unos supuestos derechos identitarios de raigambre territorial, que no están justificados ni por la historia ni por la razón.

Decía Stefan Zweig en “El mundo de ayer” que “he visto nacer y expandirse  ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”.

Frente a esta peste nacionalista en la España actual tan solo se levanta la voz de un partido valiente en sus planteamientos y constitucionalista en su actuación, como es Vox, liderado por un hombre incuestionablemente honesto y de firmes convicciones patrióticas, como es Santiago Abascal.

Tras su vertiginoso ascenso en todos y cada uno de los últimos comicios electorales celebrados, Vox se ha convertido por derecho propio en la auténtica alternativa del centro-derecha español. Pero para que su proyecto cuaje definitivamente es necesario que los españoles nos enfrentemos sin complejos y de una vez por todas a la dictadura del pensamiento progre.

Vox no es la ultraderecha ni representa al fascismo como quiere hacernos ver, con su perversa y maniquea utilización del lenguaje, el totalitarismo socialcomunista y la intolerancia independentista. Por el contrario, Vox, desde la defensa del Estado de Derecho y del imperio de la ley como inexcusables principios rectores, constituye el partido de la esperanza para todos aquellos que deseamos que España vuelva a ser un espacio de libertad, concordia y progreso.

Por ello, su tarea es descomunal y nuestro desafío emocionante.

Rafael García Alonso ( El Correo de España )

viñeta de Linda Galmor