Aunque autocitarse resulta petulante, pido venia. El lunes 21 de septiembre, Sánchez se reunió con Ayuso, llamando solemnemente a aparcar partidismos y brindando todo su apoyo a Madrid. Al día siguiente, titulé un artículo: «¿Compraría un coche usado a Sánchez?».

Mi vaticinio era que «tras dos años de sanchismo fiarse de su palabra supone un canto a la ilusión más naif». Y así ha sido. Hoy sabemos que Sánchez vendió mercancía averiada a Ayuso. Solo cuatro días después de ofrecerle su leal colaboración, lanzaba a Illa a una agresiva rueda de prensa exprés para contraprogramar otra de la Comunidad. Al tiempo, el PSOE instigaba una manifestación contra Ayuso.

Y por supuesto, los medios afines al Gobierno intensificaban su tesonera campaña contra Madrid, que jamás existió cuando el virus zarandeaba con crudeza Aragón, el País Vasco o el cinturón de Barcelona. Madrid es la cortina de humo para tapar la calamitosa gestión del Gobierno ante la primera ola y su aberrante inhibición en la segunda.

Como ha señalado el científico Mariano Barbacid, no haber visto venir el problema en febrero puede resultar disculpable, «pero la segunda ola no tiene justificación posible». Sánchez pasó de enjaularnos a animarnos a «disfrutar de la nueva normalidad», porque «hemos derrotado al virus». Después traspasó el reto a las comunidades y se largó de veraneo.

La situación de Madrid es complicada. No puede escamotearse que el 43,6% de los nuevos casos en España ocurren en la comunidad. Pero en lugar de abordar la crisis con criterios técnicos y una inversión económica de choque en test y rastreos, todo ha degenerado en una refriega política para salir bien en la foto. A poco que se aplique el sentido común, el debate se torna absurdo.

El Gobierno prohíbe que los vecinos de Madrid capital y otros ocho municipios madrileños salgan de sus poblaciones. Pero solo dentro de la metrópoli viven 3,3 millones de personas. Aun habiendo caído el uso del transporte público, casi 30 millones de madrileños utilizan el metro cada mes y otros 20 millones, el autobús. La mascarilla ayuda, sí, pero no garantiza protección absoluta.

Y en las horas punta se torna utópica la distancia social. Es decir: mientras Illa ordena sus confinamientos, en la capital la población seguirá mezclándose en masa -y contagiándose- en metro, trenes y autobuses, porque la vida no puede parar.

Absurdo también que el Gobierno, que se pasó cuatro meses recalcando que sin estado de alarma no podía limitar la movilidad ni imponer su mando a las comunidades, cambie ahora de criterio y tome las riendas de Madrid sin cauce jurídico para ello (Casado se aburrió de proponerle a Sánchez vías legales intermedias que lo permitían, pero las despreció).

Retorno a Barbacid: «Abordar esto no es tan difícil. Solo hay que contratar más médicos, con contratos mínimamente decentes, y hacer más pruebas PCR. Ojalá pudiésemos curar el cáncer con algo tan simple». Pero no es la hora de la ciencia. Es la del vocerío partidista, aún a costa de dar el rejón a la economía.

(PD: chirriante paradoja que quienes vienen a ofrecer soluciones sean Illa y Simón, récord mundial de letalidad y contagios de sanitarios con su inolvidable gestión de la primera ola).

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor