EL VÓMITO DE LAS URNAS, OTRA VEZ

Ya he perdido la cuenta de cuánto tiempo llevamos inmersos en la permanente regurgitación electoral. Anestesiado por la halitosis de lo que las urnas vomitan he perdido el olfato. Hastiado y agotado por la estulticia de sus beneficiarios, esas deposiciones antropomorfas con acta de diputado y ademanes de hortera con el bote de la bonoloto en la faltriquera, ya no aguardo ni siquiera a la esperanza. Todo es bazofia porque todo es mentira. Todo.

Los líderes de la quincalla delegan en sus monaguillos la bisutería de la negociación de su privilegiado “convenio colectivo”, cuya vigencia y permanencia pasa por el trámite, no imprescindible pero sí aconsejable, de apañar una investidura que protocolice, con arreglo a los cánones de la farsa, la imposición de los arreos del Poder sobre los hombros en los que se apoyan, descansan y vegetan el mayor número de escaños y el mayor número de chollos, cuyas nóminas se cargan sobre la espalda de Atlas, que no es un mito griego sino una realidad política y social: el pueblo español que vota (mucho), paga (aún más) y calla (demasiado).

El PSOE y su izquierda fosilizada de Podemos, estabulada ya en las mañas del lujo, no se ponen de acuerdo en el reparto del botín que, por derecho democrático de pernada, espera siempre a los bendecidos por las urnas con grupo parlamentario y mando en plaza para que se lo repartan como sus filias y sus fobias, sus intereses y sus compromisos les den a entender.

Como en el patio del colegio, echan a pies el expolio de la dote del Estado mientras la tierra que late bajo las alpargatas de unos y los zapatos de los otros es sólo un accidente geográfico y circunstancial que, según la carta magna de los tahúres, se llama España, o así.

Danton se negó a emprender el camino del exilio, sabiendo que le esperaba la guillotina, porque uno “no puede llevarse a la Patria en la suela de los zapatos”. Esta chusma parlamentaria nuestra tampoco podrían llevarse a la Patria, ni en la suela de los zapatos ni en el corazón, sencillamente porque no la tienen.

No hay pacto, no hay cambalache y volveremos a la náusea de las urnas, cuyo vómito será el mismo de las anteriores “fiestas de la democracia”.

Eduardo García Serrano ( El Correo de Madrid )