La confusión y decadencia social que padecemos no sólo es debida a la casta partidocrática, también es responsabilidad de los millones de electores incapaces de desengañarse de sus propios engaños.

Si la capacidad para engañarse que tiene el ser humano es muy considerable, este autoengaño adquiere una dimensión casi infinita cuando se refiere al mundo de la política. Y el ejemplo nos viene dado en cada acción electoral, eligiendo y reeligiendo mayoritariamente a los más nefastos entre los candidatos.

Consciente o inconscientemente, la relación entre la masa electoral y la casta política ha adquirido un sorprendente nivel de encanallamiento, una morbosa complicidad. La demagogia de esta casta es aceptada sin rebeldía por sus votantes.

Lo que aquella dice y promete, aunque se sepa mentira e imposible de realizar es acogida sumisamente por estos una y otra vez. Unos y otros se admiten porque se entienden, y se entienden porque sus principios morales son inexistentes en ambos casos.

Esta complicidad implícita ha ido destruyendo cualquier atisbo moral en la convivencia, y hoy la sociedad y sus gobernantes son un balaguero de corrupción. Las ilegalidades invaden nuestra vida social y política. El elector elige a los tramposos para tener coartada a la hora de trampear él también en su día a día.

Esta situación se mantendrá, por desgracia, mientras haya subsidios, economías sumergidas, dinero negro, enfermedades falsas, falsos parados, empresarios oportunistas, fraudulentas subvenciones, fondos de rescate. despidos injustos estatalmente incentivados, comisionistas superfluos, televisiones alienantes y cultura hedonista, y aunque la deuda del Estado haya alcanzado niveles insostenibles.

En sostener este perverso statu quo se ha afanado la casta partidocrática hasta ahora, pero por encima de estos ventajeros, los cresos que tiran de sus hilos, viendo en peligro también sus inmensos privilegios, han dicho basta, que somos muchos y consumimos más bienes materiales que lo que corresponde a una humanidad mitad mendicante y mitad superendeudada. Y que ya no hay de donde sacar para tanto destacar. De ahí la reconversión globalista programada a base de agendas.

Los años prodigiosos del inacabable bienestar social parecen haber llegado a su fin. La engañosa sociedad española en cuyo seno podía uno «enriquecerse» más fácil y velozmente que en cualquier otra, hace tiempo que se ha caído del caballo.

El país ha estado funcionando artificialmente, seducido por unos políticos que se han aprovechado del engaño hasta hacer de sus bolsas emporios nunca soñados, en tanto que todo, incluida la convivencia, enterrados los códigos de valores y especialmente el sentido común, se ha ido degradando.

La administración, la producción, la cultura, la educación, la ética, conducidas por la política, han alcanzado la más absoluta indigencia moral. Pero afirmar esta realidad de nada sirve si no nos preguntamos por qué ha ocurrido esto, y si no estamos dispuestos a hacer análisis de conciencia -aceptando las culpas- y a regenerarnos.

Aunque ya nadie se fía de unos recuentos electorales bajo sospecha, porque en el país de la trampa, regido por los izquierdistas resentidos y por sus cómplices, todo merece recelo, puede decirse, no obstante, que los dirigentes son el reflejo fiel de sus votantes, sin que debamos culpar de todo al correspondiente agitprop de los libertinos liberticidas. Muy pocos han querido ver durante esta nefasta Transición de nuestros pecados que el camino que los líderes nos marcaban era un camino hacia la catástrofe.

El Estado, propiedad privada de la partidocracia, se ha encargado mediante sus instrumentos convencionales de manipular a la ciudadanía, pero en las manos de unos chapuceros, sedientos de caudales y de baja ambición, ha acabado por descomponerse y quebrar, como era lógico. Y hoy sólo se sostiene por ese dinero misterioso que, con respaldo de patrones monetarios intangibles, reparten las superestructuras de apellido globalista a sus peones.

Mas, como, a la vista de la lenta e insignificante reacción social, la muchedumbre sigue sin ver las orejas al lobo, decir lo evidente puede resultar incómodo para esa mayoría ciudadana ciega de condición o ciega de imbecilidad. Por eso ningún político está dispuesto a poner en solfa a sus posibles electores. La multitud desprecia a sus políticos y los políticos desprecian a sus multitudes, pero ambos continúan el camino hacia ninguna parte cogidos de la mano. Así va todo y así se pone de lodo.

Ni el pueblo va a corregir sus bajamanerías, ni los políticos sus errores y perversiones, exceptuando, de momento, a los de VOX. Nadie, y menos los gobernantes, está dispuesto a dar ejemplo, sacrificándose en aras de un proyecto colectivo de genuino progreso.

Por eso veremos más ardides y conchabes. Si una de las prioridades del político es no atraerse la antipatía pública, una de sus intenciones es la de olvidarse de una vida ejemplar, dada su ambición de poder, su codicia y su perversidad. Otra cosa es que su propaganda silencie o blanquee la deplorable vida íntima.

El caso es que nadie -VOX, insisto, está en observación- se plantea transformar la corrupción en honradez, ni ver el Estado como un órgano puro, vigoroso y austero, protector de la ciudadanía. Al contrario, los dioses venerados han sido la dominación, el enriquecimiento y el goce hedonista. Y si es grave la crisis económica y política, más grave aún es la crisis civil y moral que hace permisibles a aquellas. Crisis de autoridad, en fin, educativa, intelectual, judicial y religiosa.

En este contexto, decir la verdad es correr un riesgo, porque la verdad acusa al Sistema que nos asfixia, y a quienes lo consienten y alimentan. Por decir verdades -decía aquél- me tienen arrinconado. Ya sé que soy un gran tonto, porque aún lucho por la verdad, la dignidad y la justicia.

Con su pan se lo coman. Caminemos con ello sin sorprendernos, como ya hicieron entre mis antecesores los verídicos, soñando y luchando por transformaciones posibles. Y rueguen al cielo quienes me sucedan para que el mundo no se les empeore.

Eso decía; y decía también que, a pesar de todo, siempre existirán los militantes de la regeneración y su lucha de resistencia.

Tratando -¿inútilmente?- de crear opinión pública, conciencia pública.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )