La situación en España es penosa. En todos los aspectos. El estrépito de los grandes y pequeños histriones y el zumbido de las moscas venenosas llevan décadas percibiéndose en España. Lo único que cambia es que, en tiempo de elecciones y con el temor de perderlas, ese zumbido se agudiza y se transforma en violencia o en falsa mansedumbre. Violencia o hipocresía que ocultan o tratan de endosar a sus oponentes, calificando de paso como violencia a la verdad, porque, en efecto, violencia para ellos es toda verdad que los desenmascara.

La política española está llena de bufones fanáticos y de cómplices transformistas, apoyada en buena parte del pueblo que acepta o incluso se vanagloria de sus grandes farsantes, de sus excelsos corruptos. Para esta parte abyecta del pueblo, que parece disfrutar de la comedia, son los dueños del momento. Pero ocurre que el momento -la codicia y el abuso- los apremia; por eso ellos apremian a su vez a los verídicos con sus insidias.

Y, en tanto, el espíritu libre, el que no adora a los ídolos de purpurina que alza esa mayoría servil del pueblo por éstos humillado, es aborrecido por la muchedumbre e infamado por los amos. Y, cómo no, también por esa taimada quinta columna de Pepitos Grillo, impostada de moderación y equidistancia, esa gente mal constituida anímicamente que se dedica a desactivar las precarias minas que los escasos rebeldes colocan en sus escritos contra el Sistema.

De ahí que a la hora de limpiar la podredumbre y expulsar de las instituciones a la casta partidocrática que ha viciado el ambiente de miseria y de odio, ese pueblo quejica y esas redes clientelares que lo parasitan, acompañados de los consabidos intelectuales áulicos, vuelvan a elegir democráticamente a pervertidos, engañabobos y delincuentes.

Hay unos pocos españoles, los veraces y libres, los que han huido siempre de los oportunistas y de los bien alimentados, que llevan décadas viendo alrededor la injusticia y el miedo, malviviendo en un país que dejó de ser libre tras la llegada de esta trampa que los ahítos de ventajas llaman democracia, pero que sólo es su democracia. Un país hoy cansadísimo, insolidario, corrompido y cobarde. Indigno de su Historia y de sus mejores compatriotas.

¿Cómo luchar solo, con palabras inútiles, contra la mentira, la vulgaridad y el deshonor?, se pregunta todo aquél que comprueba día a día que nuestra sociedad está perdida sin remedio, culpable de ignorancia y de incoherencia. ¿Cómo dirigirse a los tullidos y paralíticos -moralmente hablando- que aborrecen a los bailarines, o a los bueyes que adoran su yugo y culpan de insolidarios a los gamos?

¿Qué puede decir de quienes acechan al moralista porque los fastidia al reprochar sus infracciones a la razón y a la ley? Él es censura viva para ellos y su sola presencia les molesta. De ahí que le prueben con ultrajes para comprobar su paciencia. Es la voluntad de los enfermos empeñados en representar una forma cualquiera de superioridad; es el instinto morboso para hallar caminos a una astucia que conduce a la tiranía sobre los sanos.

Seres del resentimiento todos ellos, espiritualmente lisiados, habitantes de un tenebroso imperio de venganza sórdida y subterránea, insaciable, contra los auténticos. Algo de lo que no es culpable el covid-19 pues lo precedía, pero que si bien éste no lo ha hecho aflorar, sí lo ha subrayado, porque formar un rebaño es una necesidad, si no una victoria, contra la cobardía y la depresión. El comportamiento uniforme de la comunidad fortalece, y todos los enfermos tienden instintivamente hacia una organización gregaria. Simbolizada en este caso por el bozal.

Por eso es inútil exigirles a los semovientes que abran los ojos contra sí mismos, ni que traten de distinguir entre lo verdadero y falso; o que para poder encarcelar a los responsables de los miles de muertos que ha causado la gestión negligente del covid-19, de la ruina de millones de familias y del inicuo abuso político en unos momentos de debilidad y sufrimiento social insólitos, era suicida volver a reelegir a los causantes del oprobio.

Pero esto es precisamente lo que han hecho: premiar a los verdugos. Una vez más. No obstante, frente a estos seres sufrientes, que no quieren confesarse a sí mismos lo que son, almas confusas e irreflexivas cuyo mayor temor, aparte de la muerte, es llegar a adquirir conciencia de su índole, la obra del solitario tiene el privilegio de expresar el disgusto eterno del hombre contra la insuficiencia de su condición y, sobre todo, contra su propia complicidad en esa carencia.

Esa función polémica, esa denuncia metafísica que pone en evidencia a un mundo en el que los crímenes, los sufrimientos y la corrupción son posibles, ha creado lo mejor de la historia del ser humano.

La acusación del solitario, la voz que clama en el desierto, no dejará de ser lanzada contra ese mismo mundo que no se cansa de condenar al puro, al noble y al justo al ostracismo y al fracaso. Y su derrota es siempre la victoria de los corrompidos, esos a quienes una aturdida humanidad elige y reelige en sucesivas elecciones, excusándose mediante permanentes temores, vilezas, complicidades y cobardías.

Jesús Aguilar Marina ( ElCorreo de España )