ELIGIENDO SIEMPRE A LOS PEORES

Julio Anguita (a quien imaginamos ahora mismo llamando con los nudillos a las puertas del purgatorio), tuvo algunos momentos de lucidez política. En uno de ellos, quizá el más notable de todos, vino a sostener que mucho más importante que la ideología, en un político lo fundamental es la honradez y la integridad, «aunque fuese de extrema derecha».

En efecto, sin duda alguna, en esto decía la verdad el recientemente fallecido dirigente comunista. Lástima que a muchos españoles, por lo que venimos comprobando, no les importe mucho la catadura moral de aquellos a los que votan, haciendo justo lo contrario de lo que pedía Anguita en ese testimonio, o sea, votar a los suyos, sean éstos como fueren.
Lo que sucede con ese comportamiento colectivo (es decir, poner a cualquiera a dirigir un país con tal de que sea de mi ideología), es que viene una pandemia mundial, donde hacen falta los mejores en el poder, y resulta que tenemos a los peores.
Y no porque lo digamos nosotros, que sería solamente una opinión, sino porque así lo indican los datos que sitúan a España en el pelotón de cola del mundo, en el grupo de los que peor están controlando la epidemia sanitaria, y de los que peor están actuando con respecto a la economía. Todo mal.
Así, resumiendo mucho, podemos decir que durante los meses de enero y febrero, que era cuando el virus estaba ya en España y por tanto cuando había que tomar medidas de confinamiento y aislamiento social, nosotros estábamos de fiesta por las calles, con manifestaciones, mítines, estadios de fútbol llenos y el Metro a rebosar de gente.
Todos por supuesto sin guantes, ni mascarillas, ni distancia de dos metros, porque el virus es invisible y las noticias dramáticas llegaban desde la lejana China. Si nos hubiesen confinado en febrero, ahora estaríamos ayudando a las empresas a no desaparecer. Pero no.
En España, como en otros países europeos (ojo, con gobernantes de izquierdas, de derechas y de extrema derecha incluso), se ha demostrado que no hay virus más destructivo para una nación que un dirigente torpe y malo.
Esos que se sentaban en la última fila, el que no hacía los deberes, el que llegaba tarde a clase, el que sacaba un 3 en los exámenes, esos, justamente esos, son los que (gracias a la partitocracia imperante) han llegado a lo más alto de las instituciones. Las consecuencias las pagamos todos nosotros, no evidentemente ellos.
Cuando no había pandemias mundiales, cuando nuestra salud estaba aparentemente garantizada, cuando las mayores preocupaciones de un pueblo son las aspiraciones separatistas de cuatro iluminados, tener a los más torpes en el poder puede ser incluso anecdótico. El problema viene cuando llegan los problemas de verdad, cuando hay que demostrar currículum vitae, carácter, patriotismo, integridad personal y altura de miras.
Cuando hay que demostrar que uno ha llegado a la política para servir a los demás y no para hacerse un casoplón en la sierra y parecerse a los que antes criticaban. Es ahí cuando la realidad pone a los pueblos justo en el sitio que les corresponde en castigo por lo que han elegido en las urnas.
Los filósofos griegos, de los que emana la cultura latina, ya avisaban contra el peligro de los demagogos. De los sofistas que embaucaban al pueblo con sus discursos ampulosos, para luego engañarlo y sacar de ellos todo lo que podían.
Y enumeraron las virtudes que debe tener un gobernante («un alma intelectiva y sabiduría», proclamaba Platón), avisando contra el peligro de la tiranía: «la excesiva libertad no trae sino la esclavitud a los individuos y a la polis». Se ve que ni hemos estudiado a los filósofos griegos ni hemos aprendido mucho en los últimos 25 siglos.
Seguimos poniendo a los peores en el único sitio en el que nos pueden hacer daño durante mucho tiempo.
Rafael Nieto ( El Correo de España )