Pedir dinero al vecino ya no es lo que era. Antes daba un poco de vergüenza. Si a uno se le oxidaban las cañerías, se le hundía el suelo y se le rajaba el techo, y encima no le alcanzaba para pagar la cuota del auto y el colegio, hacía gestiones discretas con el tipo de al lado para pedirle prestado lo necesario, sin mirarlo a los ojos y rogándole que no se lo contara a nadie.

Comparen ustedes aquellas dignidades de vecindario con las trompetas y tambores de gloria con que los pedigüeños de Europa han celebrado el rescate de 750.000 millones de euros que han obligado a sus vecinos tacaños a prometerles en subsidios y préstamos.

Hay que ver a Sánchez, a Conte, a Macron y otros inflando el pecho como pavos reales, cada uno jactándose más que el otro de haberle torcido el brazo a esos infames holandeses, austriacos, daneses, suecos y finlandeses que osaban pedir condiciones, que tenían el tupé de decir que los pedigüeños podrían arreglar el suelo, las cañerías y el techo y pagar el auto y el colegio si hubiesen puesto orden en casa (para colmo fue Merkel, la eterna componedora, la que les torció el brazo, no ellos).

La alharaca triunfal anunciando el descomunal rescate (que se sumará al billón de euros del presupuesto plurianual de la Comisión Europea) daba la impresión de un logro semejante a la llegada a la Luna de Armstrong en 1969.

¿Han olvidado que hace una década, tras la crisis financiera, anunciaron como un evento mirífico otro rescate ciclópeo de 750.000 millones de euros, luego aumentados a más de un billón, y que hablaron también entonces de un hecho excepcional que sellaba el destino de Europa?

Ese hecho excepcional resultó un poco como la guerra «para acabar con todas las guerras», según calificó Woodrow Wilson a la Primera Guerra Mundial… ¿Ha sido culpa del Covid-19 esta nueva necesidad de rescate? No precisamente. Muchos de los que debían hacer los deberes en la última década no los hicieron.

España tenía en 2010 un déficit fiscal de cerca de 10 por ciento del PIB y en 2019, antes del coronavirus, seguía con el segundo mayor déficit de la eurozona; para colmo, su deuda había pasado de equivaler al 60 por ciento del PIB a rozar el 100 por ciento. ¿Es de extrañar que ahora los vecinos tacaños levantaran un poco la ceja ante la avalancha de exigencias altivas y broncas de los vecinos tacaños?

«Los hombres no aceptan el cambio sino en la necesidad», dijo Jean Monnet, uno de los padres de Europa, «y no ven la necesidad sino en la crisis». Pero la Europa que soñadores como él y Robert Schuman fundaron representa hoy lo contrario: un mecanismo mediante el cual las crisis implican, no la necesidad de cambio, sino de seguir siendo los mismos.

¿Cuánto tiempo pasará para que una nueva crisis pille a los pedigüeños sin los deberes hechos y en lugar de acercarse al vecino sigilosamente, avergonzados y tosiendo, lo atraquen otra vez a punta de chantajes emocionales sobre el inminente fin del vecindario si no abren la billetera?

Álvaro  Varas Llosa ( ABC )