EMPEÑAR EL COLCHÓN

Ni el cambio de guardia en Buckingham Palace es ya tan famoso como el cambio de colchón en La Moncloa. A nadie ha dejado indiferente conocer la importancia de este cambio, ni ha podido repetir el lema del viejo anuncio de la tele: «A mí, plim, yo duermo en Pikolín».

Ha sido más simbólico que cuanto imaginar pudiera la escriba del Tío del Colchón al redactar su «Manual de Resistencia». Así que Zapatero lo primero que hizo cuando llegó a La Moncloa fue retirar nuestras tropas de Irak, y a los americanos que les vayan dando.

Y la primera decisión importante y simbólica de Sánchez fue cambiar el colchón. Colchón culpable, porque había cometido el enorme delito de dejar dormir tranquilito a Rajoy, en vez de quitarle el sueño con los obligados recortes de su metida en cintura de la maltrecha economía española.

Como a servidor le gustan las tradiciones más que una tiza a un «tontito» de Celia Villalobos, yo iba a proponer que esto del Cambio de Colchón se convirtiera en una ceremonia ritual del relevo en la democrática alternancia del poder en España.

Primero se aprueba la investidura de presidente en el Congreso de los Diputados, después el nuevo va a jurar el cargo ante Su Majestad en La Zarzuela y de allí, con una banda de música delante y las televisiones en directo, todos como en decimonónica procesión cívica, van en comitiva a La Moncloa para la solemne Ceremonia del Cambio de Colchón.

Traído, naturalmente, por seis ujieres de las Cortes, seis, en uniforme de gran gala, quienes arrojan ostensiblemente a un punto blanco, para su reciclaje, el viejo colchón del partido saliente.

El colchón de La Moncloa debería entrar a formar parte de las costumbres electorales de nuestra nación. Cada candidato, como los niños nacen con un pan debajo del brazo, debería presentarse a las elecciones con el nuevo colchón bajo el suyo.

Y anunciar a los ciudadanos, al pedirles su voto, cómo será el colchón que piensa llevarse a La Moncloa, si de muelles, si de látex. España no puede permitirse el lujo de elegir presidente un señor del que ni siquiera sabemos en qué clase de colchón va a dormir. Si España le quita el sueño, como suelen decir todos en las campañas electorales, lo lógico es que tengamos la seguridad de que lo poquito que duerma sea en un confortable y mullido colchón.

Mis compañeros de Bilbao en el Colegio Mayor Aquinas me contaban una leyenda urbana de su ciudad, que afirmaba que los sucesivos alcaldes del Bocho, junto con la vara de mando, se traspasaban también la querida. En cuanto al Rey de los Toreros, me ha recordado todo esto cuando la gente empeñaba el colchón para ir a ver a Joselito el Gallo.

Yo creo que esto último es lo que le pasa a Sánchez. Sánchez ha empeñado el colchón para poder pagar el alto precio del apoyo de los separatistas catalanes, de los bilduetarras y de los podemitas bolivarianos en las elecciones del 28-A. Lo que tristemente ocurre es que ese colchón es España, su Constitución, su Unidad, su Monarquía Parlamentaria.

No se fía de su propio colchón de votos fieles, de lo que llaman «el suelo electoral del PSOE», y en una locura de gobernar a base de decretazos le está sacando todo el juego que puede a lo que le han dado por empeñar el colchón en el monte, en el Monte de Piedad, como canta la tuna sobre los libros de Fonseca.

Tiene mucho empeño Sánchez en seguir durmiendo en el mismo colchón y por eso lo ha empeñado para pagar futuros apoyos de investidura, en este tiempo en que debería dejar tranquilito al BOE y no seguir gobernando y legislando a decretado limpio, como si no estuviera en La Moncloa durmiendo ya de prestado.

Antonio Burgos ( ABC )

viñeta de Linda Galmor