EMPODERANDO LA FARSA

Siempre que puedo sigo el «proceso del procés», no sólo por ser la serie más actual de nuestras televisiones, sino también por retrotraerme a los hearing del Watergate, donde un comité de ambas cámaras USA abría en canal la Administración Nixon en busca de la verdad, tras «un robo de tercera clase» en las oficinas electorales de la oposición.

Presidido por el senador Irwin, un demócrata, con un republicano de segundo, el también senador Baker, era difícil distinguirlos en rigor. Pero mientras aquél era un drama en directo, que acabó con el destierro del presidente, el juicio en nuestro Tribunal Supremo se torna cada vez más una farsa. No por falta de rigor, que el tribunal, su presidente sobre todo, se empeña en mantener, sino por la actitud de acusados, testigos de descargo y abogados defensores.

A estas alturas, puede decirse que los organizadores del 1-O dan por perdido este juicio y se centran en darle la vuelta en el Tribunal de Estrasburgo, echando mano de todo tipo de distorsiones, artimañas y astracanadas. El acusado tiene derecho a usar todos los recursos para defenderse. A lo que no tiene derecho es a distorsionar la ley y la realidad, principales referencias de la Justicia.

Pero es lo que están haciendo, con el riesgo de hacer aún más difícil su caso, siempre que en Estrasburgo no lo conviertan en lo que dicen es éste: un juicio político. Si la «ignorancia de la ley no excusa su cumplimiento», menos lo excusa conocerla. «Creí que el derecho a votar primaba sobre las prohibiciones de un tribunal», argumento de los acusados y defensores para atropellar leyes y sentencias.

Imaginen a un uxoricida alegando «La maté porque era mía». Pero es la nueva doctrina jurídica que surge en la sala del Supremo: el «yo creo», «yo pienso», «yo siento» prevalece a toda norma legal. Lo llaman «empoderar», «hacer más fuerte o poderoso» (DRAL), su palabra favorita. Me remito a las veces que la han invocado. Todo es legal para su causa, incluida la provocación del Tribunal, con pullas como «un café pendiente año y medio», «alucinar», «fiebre» ante lo ocurrido, o negar que hubo violencia ante la Delegación de Hacienda catalana, como si los coches de la Guardia Civil se hubieran abollado solos.

Lo que muestra que, al quedarse sin argumentos, buscan que el Tribunal pierda los nervios para presentarse en Estrasburgo como víctimas. O algo mucho más grave: que el ultrana- cionalismo ha eliminado la ley y el derecho en Cataluña. Por algo, en su borrador de constitución, el Gobierno nombraba a los jueces. Vía libre a la dictadura. Todo, por no admitir su error al creer que la democracia española cedería.

Por tanto, los procesados elegidos en las últimas elecciones irán hoy a recoger sus actas de diputados o senadores, como tienen derecho. Pero para volver al banquillo y a la celda, demostrando que, en España, contrariamente a su Cataluña soñada, con la ley no se juega.

José María Carrascal ( ABC )