Estamos mirando el dedo del sabio que señala la luna. Como sentencia el viejo proverbio del budismo zen, el dedo y la luna pertenecen a dos realidades diferentes, dos mundos completamente distintos y que el necio se empeña en ver como uno solo. Se insiste en el error, una y otra vez. Nos encontramos nuevamente envueltos en la distracción y la perdida de tiempo que lleva al fracaso final que sentencian los imbéciles.

Los indultos a los secesionistas catalanes no solo son la muestra de la caída del Estado de Derecho y la división de poderes, sino también de la democracia y, mucho más grave aún, de la continuidad histórica de la nación española. Ya se agotaron los tiempos de diagnósticos y advertencias, el reloj de la historia, que no se detiene nunca, indica la llegada de un nuevo período.

España, débil como nunca antes en tiempos modernos, padece de un fallo de origen en su legalidad, plagada de contradicciones, vacíos e imprecisiones, y sus enemigos lo han aprovechado para lograr sus mezquinos fines. Se viola la Ley Suprema de la democracia apelando a su preservación, utilizando una dialéctica inescrupulosa, esgrimiéndola miserablemente y regodeándose en ello. Sorprende la desidia y desinterés de millones de ciudadanos frente a esta situación.

Se ha normalizado la concesión al delito y el chantaje sin reacción por parte de los hombres de buena voluntad, y ese es el verdadero problema que padecen los españoles. Una reacción natural a la ignominia e inmoralidad, debería ir más allá del llamado “patriotismo constitucional”, ya que como mínimo, es cuestión de sentido común.

Desde el poder político se apela al dialogo, la negociación, la concordia, la tolerancia y la generosidad para normalizar lo que no lo es. Incluso para ello, un ministro desde la tribuna parlamentaria, ha apelado al “humanismo cristiano” para justificar la injusticia de perdonar a quien no lo desea y que afirma volver a cometer el mismo crimen.

El cinismo, la mentira, la manipulación y el engaño han hecho mella en la voluntad de los españoles. Con la quita de mascarillas en espacios abiertos, la llegada del verano, la cercanía de las vacaciones, la apertura del ocio nocturno y el avance en la vacunación-inoculación, se ha conseguido la inmunidad de grupo-rebaño a la felonía y desintegración de la unidad de España. Si se acepta y, peor aún, si se desea ser anestesiado una y otra vez para aplacar el dolor, se acaba perdiendo la conciencia y el ritmo vital termina apagándose. Y del quirófano se pasa directamente al campo santo.

Nos encontramos en el umbral de la hora más oscura. ¿Reconocer estar enfermo es aceptar la muerte? No, es el primer paso necesario para intentar la cura, si esta es deseada. Nada puede hacerse si se niega la dolencia y a lo sumo se repiten los placebos y las terapias que no funcionan.

La Historia, sabia e implacable, nos ha mostrado que la grandeza de los pueblos, llegado a un cierto punto, también desaparece. Solo una firme voluntad comunitaria en el sentido de la recuperación, el cuidado y transmisión de los principios perennes de una nación, podrán hacerla grande nuevamente.

La mayoría de las veces las soluciones son más simples de lo que parecen y como dijo una vez Edmund Burke, “para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada”.

José Papparelli ( El Correo de España )