EN LA BOCA DEL LOBO

Disimulado entre la festividad de Reyes, los roscones y los regalos, España ha vivido el pasado fin de semana uno de los momentos más trágicos de su historia. Todos sabemos, el mundo entero reconoce con envidia, el éxito sin igual que fue la Transición.

Un modelo de cómo pasar de un régimen autoritario a una democracia en la que no había prohibiciones como las hay en Alemania -defender el nazismo- o en Estados Unidos -defender el comunismo- u otros casos repartidos por el mundo. Aquí se podía defender todo.

Ahora ya, cada vez menos. Hoy sólo se puede defender un totalitarismo que ha puesto sus primeros peones en el poder, porque ahí lo han colocado los votos de los españoles, como bien ha dicho Pedro Sánchez en el debate de investidura -fue una de sus pocas verdades-. Olvidó la oposición contestar a Sánchez que a Adolf Hitler también le puso en el poder el voto democrático de los alemanes. Tan democrático como el que ha investido a Podemos y al PSOE hogaño.

Este Frente popular no disimula su voluntad de arrasar las instituciones. Sánchez lleva tiempo dando señales de ello. Pero si él se negó en el debate a defender a la Corona ni de los bilduetarras, ¿por qué va a hacerlo el próximo vicepresidente Iglesias? El artículo 62 de la Constitución establece que una de las competencias del Rey es «nombrar y separar a los miembros del Gobierno, a propuesta de su presidente».

Pablo Iglesias ya ha tenido a bien comunicar a la opinión pública quiénes van a ser los ministros de su cuota de poder. A uno de ellos, Manuel Castells, incluso lo llevó ayer a las Cortes porque, siendo de Hellín, Albacete, Castells ha dedicado tanto tiempo a París, California y Barcelona que las Cortes españolas le resultan desconocidas. Iglesias anuncia al Rey sus ministros una semana antes de nombrarlos.

La forma en que se está atacando constante e inmisericordemente a la Corona es la mejor prueba de que Sánchez viene a arrasar todo. El Rey es un estorbo. La única sonrisa que se atisbó a Sánchez en toda la Pascua Militar del 6 de enero fue cuando llegaron los Reyes al Palacio Real. Ahí estaba Sánchez, siendo él el que recibía al Rey en la casa oficial del Rey. La que le gustaría que sea su casa.

Lo que hemos vivido en los últimos cinco días es el finiquito de la Constitución de 1978 como referente de la legitimidad política. El PSOE ya no lo tiene. Y los «valientes» dirigentes del PSOE que se irían del partido si pasaba lo que ha pasado este fin de semana siguen instalados en su poltrona, véase Guillermo Fernández Vara, o desaparecidos en combate, como Juan Carlos Rodríguez Ibarra.

Sólo queda una esperanza para los que creemos que no se puede ser tan ciego como para anteponer tu voluntad de ser presidente a cualquier precio -o ministro, o subsecretario, o subdelegado del Gobierno en Albacete…- a la supervivencia de la España constitucional, que ayer quedó al borde del precipicio con más de medio cuerpo colgando.

Esa esperanza es la mentira. Sánchez ha llegado hasta aquí mintiendo a todos. Tengo dicho que él ha legitimado el uso de la mentira como arma política aceptable. Hasta ahora la empleó contra los rivales que tiene a su derecha. Quiero creer que esta vez la ha empleado para subyugar a los que tiene a su izquierda.

España pasa hoy por una situación mucho peor que la posterior al 23 de febrero de 1981. Entonces la inmensa mayoría de la nación apoyaba la democracia. Hoy una magra mayoría del Congreso de los Diputados apoya la mentira. Y triunfa.

Ramón Pérez-Maura ( ABC )