La exclusión del Rey del acto de entrega de sus despachos a la nueva promoción de jueces, que va a tener lugar en Barcelona, es algo más que una cesión del Gobierno a los separatistas catalanes. Simbólicamente supone tratar a puntapiés la Constitución, que en su artículo 117 establece que «la Justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey por jueces y magistrados integrantes del poder judicial».

También el artículo 1 de la Ley Orgánica del Poder Judicial calca ese precepto, tan es así que muchas de las sentencias que se emiten cada día llevan el siguiente encabezamiento: «…en virtud de la potestad conferida por la soberanía popular y en nombre del Rey formula la siguiente sentencia…».

 Pero a estas alturas, la Constitución o la Ley Orgánica del Poder Judicial le traen más bien sin cuidado a un Gobierno que parece entregado a su propia angustia por permanecer a toda costa en el poder, exhibiendo si es preciso unas tragaderas de un diámetro tan descomunal que a veces resulta hasta humillante verle tan arrodillado de manera tan innoble.

Porque el vejado con este último desdén en realidad no es el Rey, es el propio Sánchez que cada vez que transige con la penúltima exigencia de los separatistas se arrodilla un poco más ante ellos. Dócilmente genuflexo ante una partida de sectarios, menudo líder…

Pero en realidad Sánchez no sufre demasiado con todo esto pues él ha malbaratado la figura del Jefe del Estado desde que llegó a La Moncloa. Todo comenzó cuando Pedro y Begoña se pusieron en aquel besamos de los Reyes en el Palacio Real.

Desde aquel sonrojante bochorno, Sánchez parece creerse el jefe del Estado, con licencia para plantar a Don Felipe o llegar con mucho retraso a una audiencia en Marivent, para no acudir a La Zarzuela a informarle de la composición del Consejo de Ministros, para fijar su investidura en la celebración de la Pascua Militar, para suplantar la ronda de consultas del Rey con los líderes tras unas elecciones, para no acudir a la recepción anual al Cuerpo Diplomático o para permanecer cobardemente callado después de que los proetarras insulten a Don Felipe desde la tribuna del Congreso, sede de la soberanía popular.

No, no humillan al Rey; el humillado es Sánchez, que ha decidido que la dignidad y el sentido de Estado no formen parte de su «Manual de Resistencia».

Álvaro Martínez ( ABC )