EN PRIMERA FILA

Cualquier ciudadano de a pie entiende que si hay un organismo del Estado que no puede trabajar frustrado es el Centro Nacional de Inteligencia (CNI). En el imaginario colectivo persiste la creencia de que su modus operandi es el del famoso 007 -saga odiada por los analistas por su nulo parecido con la realidad-, pero todo hijo de vecino comprende que, en un entorno de amenaza yihadista, cambios de alianzas, guerras híbridas, robo de patentes o escuchas entre países aliados, el CNI es una herramienta fundamental y no puede operar desmotivado. Aznar inició la transformación de este organismo hacia una concepción mucho más avanzada e integral.

Zapatero la mantuvo y Rajoy avanzó en ella para convertirlo en el eje de las políticas públicas, bajo liderazgo de Presidencia, como sucede en las grandes potencias occidentales. En esas estábamos cuando llegó Pedro Sánchez y rebajó el CNI desde Vicepresidencia a Defensa, de donde los estrategas pidieron salir hace años. Con esta maniobra, paraliza su transformación y devuelve a la agencia una concepción mucho más paleta, si se me permite el término. Vuelve a la visión centrada en la seguridad, cuando el CNI -y toda su competencia- entra ya en cualquier asunto estratégico: economía, finanzas, telecomunicaciones, infraestructuras, abastecimientos…

Una delicada decisión que Sánchez ha tomado, además, al estilo Trump: de un día para otro y sin consulta ni análisis previos. Solo por motivos pasionales. Ya sea por desconfianza en la vicepresidenta Carmen Calvo o cesión a las exigencias ante la ministra de Defensa, Margarita Robles. Pero violando una premisa fundamental: la despolitización del servicio. Y contraviniendo la Ley que regula el CNI. Una norma hecha para vigilar a los que nos vigilan y que establece en su primer artículo que la agencia reporta al jefe del Ejecutivo.

¿Por qué el presidente de España tiene que tomar decisiones con peor información que los líderes de otros países? En EE.UU., Reino Unido, Francia… el máximo responsable de la Inteligencia depende del líder del país. Le suministra información «traducida» que le ayuda a diagnosticar problemas, anticipar amenazas, reducir incertidumbres y adoptar soluciones, teniendo en cuenta todas las piezas del tablero.

Con Sánchez, sin embargo, ¿cómo se coordinará toda esa información? Cualquier tema será reportado a Robles, pero ella solo decidirá cuestiones de Defensa. Viajará frecuentemente y sus ausencias serán abundantes. Si añadimos los problemas operativos que se pueden derivar del cambio -Defensa tiene su propia unidad de información, al igual que Interior, Exteriores o Economía-, entenderemos la frustración generada en la comunidad de inteligencia en general y en la agencia en particular.

El Ejecutivo socialista debería compensar este tropiezo porque cualquier ciudadano de a pie entiende que si hay un organismo no puede trabajar desmotivado es el que tiene que enfrentar las amenazas y defender los intereses del país: el Centro Nacional de Inteligencia.

Ana I. Sánchez ( ABC )