EN SU PROPIA TRAMPA

Desesperados, amargados, iracundos se encuentran todos los protagonistas de la farsa o partida que han jugado a lo largo del verano a punto de acabar, intentado engañarse unos a otros, para encontrarse con que, al final, a quien han engañado es a sí mismos.

El primero, Pedro Sánchez, convencido de que podía seguir gobernando con sólo 123 escaños y alianzas con unos y otros dado el miedo que tenían a las nuevas elecciones con que les amenaza, y que el ganaría según todas las encuestas. ¡Las encuestas!

La última moda de engañar. O de engañarse más bien, sobre todo si las hace tu subordinado. Así han ido pasando meses, semanas, días, hasta encontrarse de repente a sólo horas de la fecha señalada, fingiendo que se negociaba, sin moverse del sitio, con un «socio preferente» cada vez más alarmado ante su impasibilidad, lanzándole propuestas tras propuesta sin recibir respuesta, pidiendo incluso al Rey, ¡un republicano como él!, que mediara a su favor, y un Rivera desaparecido, para descolgarse en el último minuto con una de esas ofertas que «no se pueden rechazar»: su abstención, con la del PP a cambio de que cumpla tres condiciones: la ruptura del pacto de gobierno en Navarra; la promesa de no indultar a los líderes del procés si son condenados y garantías de que no subirá los impuestos a la clase media.

La primera reacción de Sánchez fue que no era necesario porque ya lo cumplía. Lo que era una triple mentira: en Navarra, el Gobierno sigue sostenido por Bildu, nunca ha contestado a la pregunta de si indultará a los independentistas (el que calla otorga) y sus 270 propuesta de gobierno son 270 partidas que pagará la clase media como siempre. «De risa» ha sido la respuesta de Rivera.

Con lo que se acaba la farsa, la partida o lo que haya sido. Evidentemente, Rivera, uno de los grandes perdedores según las encuestas, ha preferido morir matando, porque su propuesta era dejar investir a Sánchez con los votos de la izquierda, para luego obligarle a gobernar con el programa de la derecha. Dejando a Sánchez elegir entre la sartén y el fuego.

Pero Iglesias, más despechado que nunca, le ponía entre la espada y la pared: «Yo, o Rivera», y recuerda lo que le gritaban sus militantes la noche que ganó el 28 de abril: «¡No con Rivera!». A lo que se añade la posibilidad de que, ante tantas idas, venidas, vueltas y revueltas, se desmovilicen y no voten el 10 de noviembre. Es lo que suele ocurrir a quienes no tienen programa sino «relato» y se fían de las encuestas, fotos fijas de un momento dado, que varía según las circunstancias.

Y ¿quién sabe qué opinarán los españoles el 10-N, sobre todo aquellos que han visto al presidente en funciones caído en su propia trampa, incapaz de amarrar un pacto de investidura pese a tener todo a su favor? Sostenido, además por nacionalistas, regionalistas, proetarras, y demás interesados en que España sea lo más débil posible, para sacarle todo lo alcanzable. Con ser malas las elecciones, peor era la alternativa.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor