Ya tiene a Madrid «confinado», la palabra de moda, que significa encerrado, enchironado, en sus casas, barrios y ciudades, como buscaba, para detener, decía, el rebrote de la pandemia. Lo malo es que quería que el gobierno de la comunidad ordenase el confinamiento para que los madrileños le acusaran de los inconvenientes, molestias y pérdidas que produce tal estado.

Pero como su presidenta se negó, ha tenido que ser él quien diera la orden a través de un decreto que impone el «estado de alarma», cargando con las consecuencias. O sea, que ha caído en su propia trampa o le ha salido el tiro por la culata Está visto que ese rasputín que tiene como asesor no es tan listo como decían, ni el gobierno regional tan apocado como creíamos.

Las consecuencias han sido, de entrada, un auténtico caos de cara al puente del 12 de octubre, pues los madrileños, temiendo lo que se les venía encima y ansiosos de playa o montaña, adelantaron su huida o cancelaron sus reservas, lo que no ayudó precisamente a mejorar su estado de ánimo. Aunque eso no es nada comparado con la confusión legal creada.

¿Podrán volver los que se fueron sin problemas? Dado que las restricciones del estado de alarma son bastante parecidas a las ya impuesta por las autoridades madrileñas, anuladas por un juez al considerarlas ilegales, ¿siguen en vigor o no? ¿Qué pasará con las que ahora dicten dichas autoridades? O sea, la confusión no ha hecho más que aumentar, como el prestigio de Sánchez, de disminuir.

Es lo que viene ocurriendo desde que el Covid llegó a España. De entrada, su gobierno apenas le hizo caso, permitiendo manifestaciones multitudinarias, cuando ya hacía estragos en Italia y otros países. Al darse cuenta del error, declaró un riguroso confinamiento que paralizó el país, con enormes daños económicos en todos los sectores de la producción y consumo.

Volantazo a las pocas semanas «desescalando» las medidas restrictivas tras anunciar el presidente que el virus «estaba vencido». Para encontrarse con un rebrote de padre y muy señor mío, del que aún no hemos salido. Ante lo que no ha tenido más remedio que volver al estado de alarma.

Pero en Madrid, gobernado por la oposición, que conviene descabalgar, pero no en Navarra, con mayor porcentaje de contagiados, controlada por los nacionalistas vascos, que pueden ayudarle a sacar los presupuestos y quién sabe si a continuar en La Moncloa, que es su principal y casi único objetivo.

Todo ello, bien condimentado por mentiras. La más gorda: Pedro Sánchez no se cansa de pedir unidad, dialogo, negociación, pero lo que entiende por ello es que la oposición acepte lo que propone sin ceder nada por su parte.

Ni siquiera dar las gracias. Es más: acusándola de todos los males, habidos y por haber. Hasta tal punto está seguro de que los españoles somos tontos.

Hay quien le cree. O lo es o espera que le toque alguno de los millones europeos.

José María Carrascal (AB )

viñeta de Linda Galmor