ENAMORAR BARCELONA

Manuel Valls nació en la calle Campoamor de Horta. No lo pueden acusar de charnego. Su bisabuelo fue enterrado con la señera de mortaja, su abuelo daba clases de catalán no en la intimidad, sino en la clandestinidad; uno de sus tíos compuso el himno del Barça. 

Es tan pijo, tan de la élite como los Maragall. Después de ser primer ministro de la patria de la razón y de las luces, va a intentar, como dicen los mexicanos, partir la madre al separatismo conquistando la Alcaldía de Barcelona. Los constitucionalistas -con la excepción Ciudadanos que le presta su infraestructura y sus derechos de tv- han preferido ir cada uno con sus siglitas. Valls tendrá que superar el muro del dinero, las injurias de los libelos.

Su sueño es recuperar la ciudad cosmopolita, enfangada en las peleas de verduleras del procés. Es un demócrata, militó en el socialismo que sabe que Cabrera se rindió delante de la pastelería de Puigdemont y que el supremacismo es un rebrote racista en la montaña sagrada de Montserrat.

«Las guerras civiles -escribe Pla- fueron una explosión del tradicionalismo carlista, con un sabor de tierra fascinante». El asombroso escritor, que empezó como catalanista y acabó burlándose del «ridículo» de Màcia, de la «simpleza de Companys», de la avaricia del «milhombres» Pujol, del sentimentalismo fácil de los independentistas de vida regalada, predijo que los políticos catalanistas no valían para nada.

Manuel Valls está convencido de que España, con Inglaterra, es una de las tres grandes civilizaciones, de que la sociedad catalana es más plural de lo que creen los secesionistas y de que la batalla final está siendo entre los europeístas y los populistas. Un ilustre barcelonés me dice: «Yo creo que no agarrará en Cataluña. Es como si una familia está riñendo y llega a apartarlos uno de fuera».

Pero Valls -contesto- nació en el «barri d’Horta». «Si no no se hubiera podido presentar -responde-. Yo creo que las elecciones municipales van a ser un primer ensayo de tripartito -PSC, Esquerra, Podemos- para después intentarlo en la Generalitat».

A Valls le acusan de pasarse del socialismo al Ibex, de haber vivido de la República francesa y querer vivir ahora de la Monarquía española. Él debe de pensar que el hombre absurdo es el que no cambia jamás porque como decía Renard: «Hay que cambiar de opinión como de camisa».

El ex primer ministro del país de la guillotina ha dicho: «La resolución del Parlament reprobando al Rey Felipe VI es un paso más hacia la teatralización de la política y un ejemplo más de la gesticulación con la que se intenta ocultar la incapacidad de gobernar a todos los ciudadanos».

Raúl del Pozo ( El Mundo )