EL harakiri que acaban de infligirse los peperos nos invita a hacer una reflexión sobre las prendas y virtudes que debe reunir el verdadero político.

Mediante la virtud de la prudencia, el político discierne en cada circunstancia el bien común; y elige los medios rectos para realizarlo, considerando en cada momento las soluciones idóneas y desbaratando las asechanzas del enemigo.

En la virtud de la prudencia, como en un cesto de cerezas, se arraciman otras muchas virtudes: la fortaleza para abordar las situaciones más peliagudas, la templanza para inhibir nuestros ímpetus, la previsión que nos permite anticipar los efectos de nuestras acciones y la circunspección que -como su etimología indica- nos permite ‘mirar en derredor’, considerando -más allá de que nuestra acción sea justa- si se dan las circunstancias que la hacen oportuna…

La prudencia es también, en fin, «el arte de dorar los desengaños», como nos enseña Gracián; esto es, la capacidad para encajar los golpes y dulcificarlos, para que nuestras acciones no estén guiadas por la precipitación, la rabia y el encono.

Cuando falta la prudencia, la acción política se guía por la mera pasión desordenada, por la pura voluntad de mando, cuando no por el capricho botarate y el emotivismo párvulo. Un amigo muy querido asistió hace poco a la intimidad de un triunfo pepero, allá en la sede de Génova, y me contaba consternado la penosa impresión que le habían causado aquellos hombres (y mujeres) ya cuarentones que celebraban el éxito como adolescentes engorilados en una cogorza de fin de curso.

Le sobrecogió la inmadurez de aquellos hombres (y mujeres) que no tenían dominio de sus emociones, que no sabían alegrarse con mesura, que incurrían en los desahogos y expansiones más bestiales o pueriles.

Esa inmadurez que a mi amigo consternó en aquella fiesta es la misma que los líderes peperos han mostrado en este trance: son personas que no han formado su carácter, que actúan como si la vida fuese una serie de Netflix, con sus subidones de adrenalina, sus arrebatos y frenesíes, sus ajustes de cuentas sangrientos, sus apaños y reconciliaciones de pacotilla, su exhibicionismo inane, su nerviosa y compulsiva exaltación de los instintos.

Gentes que gobiernan así su casa (¿o tal vez debiera escribir ‘guardería’?), ¿pueden gobernar a los pueblos?

Para gobernar a las masas cretinizadas basta, desde luego, un demagogo, con tal de que sea astuto (como prueba que España la gobierne el doctor Sánchez). Pero es que estos pipiolos de la derecha ni siquiera astucia tienen.

Mucho menos esa ‘auctoritas’ en la que confluyen sabiduría vital, prendas morales y espirituales, responsabilidad personal y mucha mano izquierda. La ‘auctoritas’ no es mero poder real (como el que pueda tener cualquier trujimán de partido), sino más bien un poder que, teniéndose, no se ejerce; un poder que despierta adhesión voluntaria y respeto en los subordinados.

Exactamente lo que no despiertan estos adolescentes cuarentones que acaban de hacerse el harakiri.

Juan Manuel de Prada ( ABC )