Hay dos palabras que tienen una conexión especial: la palabra “carnaval” y la palabra “cuaresma”.

Son dos tiempos, uno breve y otro largo, que, de alguna manera, “se sostienen mutuamente” y “mutuamente se explican”. El carnaval surge en la Edad Media, caracterizada por la enorme difusión de la Iglesia católica y su control en la vida política y privada de todas las clases sociales.

Y surge precisamente como una forma de “coger fuerzas” antes de la cuaresma, ya que la población debía guardar un ayuno voluntariamente impuesto y un celibato del mismo tipo durante los cuarenta días correspondientes. Las autoridades concedían “al pueblo llano” unas “jornadas de alegría” antes de que llegara la penitencia impuesta. Carnaval, etimológicamente viene del italiano, “carnevale”, “quitarse de la carne”, “despedirse de la carne”. Luego, iría derivando en críticas mordaces a los defectos sociales, usando para ello, “máscaras y disfraces”.

Pero la Edad Media queda ya a “años-luz” de la Era Moderna y Pos-moderna. La posmodernidad, la Nueva Época que se está estableciendo en las entrañas de la humanidad es “otra historia”, “otro mundo”, “otras gentes”, y naturalmente, otros problemas. Pero hay un término que sigue manteniéndose, el de los “disfraces”.

La palabra, curiosamente, se relaciona con el “Dios de la cuaresma”, que también usa sus “disfraces”, el principal de todos, sin duda, el de “manifestarse desprovisto de signos especiales de grandeza”. La Encarnación no es más que esto: Dios que “desciende”, se hace hombre, se confunde con los hombres

El creyente siempre ha deseado, a veces con ansia, ver “el rostro de Dios”. Y Dios, en cambio, se presenta entre nosotros con “rostro de hombre”. Después del misterio de la encarnación, la búsqueda de Dios ya no está limitada al “conocer”, sino al “reconocer”. Ya no es cuestión de libros sino de rostros. A Dios no se le encuentra al final de un “razonamiento docto”, sino al final de “un ca- mino recorrido” con ojos y corazón abiertos de par en par.

No es fácil reconocer a Dios, porque Él ha cogido la costumbre de “viajar de incógnito”, de parecer otro, de presentarse como uno cualquiera, de adoptar los “disfraces” más impensados. Creyente es, pues, el que sabe “re- conocer a Dios” a través del rostro del hambriento, sediento, enfermo, solo, desesperado, encarcelado.

Creyente es el que “descubre” a Dios en las “vidas rotas”, en las “personas maltratadas”, en todas las “víctimas de la injusticia y el desamor”, en los que sufren y en los que lloran sin tener unas manos que le limpien las lágrimas.

Es terrible, cuando llega la noche, cuando resuena en nuestra conciencia libre la hora de la verdad, darnos cuenta de que “Cristo estaba allí”, en aquel lugar inhóspito, en aquella persona desamparada, y que nosotros, con mil distracciones banales, no habíamos caído en la cuenta.

Julio Merino ( El Coreo de España )