Nuestro infame y traidor Pedro Sánchez ha vuelto a sorprender al pueblo español con una nueva muestra de su vileza, y es que este farsante no conoce límites en su escalada de mentiras, traiciones e incumplimientos. Los españoles, actualmente un poco estabulados, ya hemos dado muestras en el pasado de nuestro patriotismo y entereza.

En la actualidad estos valores parecen haberse erosionado, pero basta una agresión externa para que los principios latentes se manifiesten, y si aún alguien lo duda le sugiero que analice los movimientos solidarios espontáneos en apoyo del pueblo mártir de Ucrania, que resiste valientemente las iniciativas bélicas del asesino Putin que, por desgracia, jamás comparecerá ante un tribunal internacional que lo condene a la horca por crímenes de guerra contra una población civil y pacífica que decidió inmolarse en aras de hacer valer su derecho a la libertad ante el atropello del comunismo más abyecto de la historia, sobradamente conocido en base a las experiencias vividas.

Maquinaria del mal enquistada en una buena parte del mundo occidental, que le ha permitido moverse con libertad obviando su condición de enemigos de la humanidad eclipsada por sus inmensas fortunas, y es que las cosas están así como consecuencia del oportunismo cobarde de políticos y dirigentes que nunca fueron situados ante un pelotón de ejecución, y con el paso de los tiempos han colaborado en la confección del tejido de una tupida red de sabotaje y terrorismo larvado que hoy nos hace convivir con un sistema próximo al caos.

Los ciudadanos del “Mundo libre” sufrimos la vergüenza y el desconcierto ante la recalcitrante aptitud de nuestras oligarquías que, por más que delinquen, no logran hacernos dar la espalda a nuestros principios sagrados, atesorados por nuestra condición hombres de bien a lo largo de milenios y que, como consecuencia de tanta humillación, poco a poco van aflorando en nuestra aletargada cultura que manifiesta su violencia contenida ante este amargo despertar, donde la visión de la realidad nos hace desear el refugiarnos nuevamente en el sueño apacible que disfrutamos durante años.

¡Cómo añoro aquellos tiempos en que el pueblo llano, que carecía de todo menos de honor, revelándose contra el negro futuro al que los tiranos trataban de someterlo ensartaban en sus útiles de labranza las cabezas sangrantes de sus verdugos!

Por eso reivindico y aplaudo el denominado “Crimen de Estado” como ungüento preventivo de una sociedad sana ¿Alguna vez se han preguntado cómo hubiera sido nuestra existencia liberados de crueles asesinos como Stalin, Hitler, Ceaușescu, Idi Amin Dada, Mao Tse-Tung y otros muchos que abonaron con sangre de su pueblo las tierras labradas con su esfuerzo? ¿Cómo es posible que, en este orden social, nuestro bienestar y nuestro futuro pendan de un hilo por las decisiones de un autócrata hijo de puta que carece de empatía con los suyos?

Y al final, como dice el viejo aserto: Dios los cría y ellos se juntan.

A lo largo de nuestra historia reciente hemos sido testigos de algún hecho aberrante protagonizado por los intereses bastardos de los políticos. El más sonado, digno de resaltar por su paralelismo con el cuestionado, no es otro que la descolonización de Argelia por criterio de las oligarquías galas y la soberbia irredenta de la tan cacareada república francesa. Observarán que digo “descolonización” a diferencia de la situación del Sáhara, en su condición de provincia española, disfrutó todos los beneficios destinados al resto de nuestra patria.

Y, en un trueque infame, el siniestro oportunista, De Gaulle liberó a la naciente república de Argelia traicionando la sangre derramada por su ejército colonial y, en particular, de sus brigadas paracaidistas. Esta humillación a los combatientes por parte del Estado originó un movimiento de fuerte oposición castrense que se hizo conocer en el mundo como la OAS que, con sus “acciones de guerra”, dañó seriamente la monolítica estructura republicana manteniendo en jaque a su presuntuoso Presidente consiguiendo que oligarcas y políticos corruptos experimentasen, por primera vez, una sensación hasta ahora desconocida para ellos.

LOS LADRONES SEGUÍAN DISFRUTANDO DEL BOTÍN, PERO AHORA SENTÍAN MIEDO, el miedo irracional del que ve que el otrora poderío del Estado se resquebraja dejándolos a merced de la bomba o la bala del franco tirador.

Este movimiento de nobles principios se hizo respetar y, con el paso de los tiempos, marcó una sólida línea fronteriza que jamás atravesarían los traidores del futuro que vivirían como ratas escondidas con el trozo de queso robado de la despensa familiar.

Algunos de los dirigentes franceses en ejercicio provienen de aquellos orígenes y son canallescamente señalados como ULTRADERECHA por el conglomerado izquierdista y aplaudido por algunos conservadores que soñaban con la limpieza ideológica de las cenizas de la mal llamada “organización terrorista”.

Pero el pueblo galo, cansado de tanto despotismo ignorante y tanta toma de posiciones masónicas en beneficio de los intereses ingleses, fue desarrollando su sentido crítico y, ante la evidencia de la corrupción imperante durante los mandatos de Mitterrand o Giscard, consiguió que muchos de estos sinvergüenzas disfrazados de progresistas pasasen a ser huéspedes de las cárceles del Estado.

Luego vino la entrée en escena de los frutos de la Êcole Nationale d´Administratiòn, que creó un mosaico de gente preparada que nos hizo olvidar a aquella chusma grosera y maloliente que regó Francia con la sangre de cuatro cabrones y una mayoría de inocentes, haciéndole el caldo gordo a los infames ingleses que aspiraban a la carroña de consolidar su posición en la Bretaña.

Y, héteme aquí como un pueblo bruto y patibulario se convirtió con el paso de los años en civilizado haciendo gala de un electorado analítico y exigente.

Mientras, en nuestra querida España seguían progresando las hordas ignorantes y delincuenciales impulsadas por el rencor y la envidia de los hijos de aquellos aparceros que padecieron el maltrato de un señorío inútil y felón capitaneado por una familia real importada que, cuando sentía un atisbo de amor a España, recurría al galeno y al confesor creyéndose víctima del contagio de algún mal proveniente de este pueblo bárbaro de “comedores de ajos” que les dio para el pelo siempre que osaron tratar de avasallarlo, por eso admiro y envidio a los ucranianos ¡valientes y patriotas!

Y a los pobres saharauis negados por los suyos y codiciados por el sinvergüenza usurpador de inventados ancestros divinos se vieron traicionados por otro usurpador de títulos universitarios, que nos indigna y ruboriza haciendo que profiramos a voz en grito “Nosotros no somos como él”, igual que el pueblo saharaui con respecto a su asqueroso futuro gobernante. Mientras nuestro noble ejército persiste “en su lugar, descanso”.

Y qué decir de nuestro aguerrido monarca, víctima de afonía crónica, sufriendo humillación tras humillación al igual que una versión coronada del cipotegato que, víctima de los tomatazos, se va acercando a este fruto alimento básico de la dieta italiana, tan del gusto de su bisabuelo.

Y, para evitar malos entendidos quiero hacer constar que me siento fervientemente monárquico y todas las noches de los días cinco de enero espero ilusionado la llegada de Melchor Gaspar y Baltasar, aunque, a mi edad, la experiencia me dice que en lo tocante a otros es mejor no despertarse y así evitar el conocerlos en proximidad siendo preferible que vuelvan al lejano oriente como su colega el emérito. Así no captamos su indignidad arrogante y su soberbia trasnochada.

Según yo lo veo, nuestro “jardín del Edén” se ha trastocado en escenario irreal, fruto de los desvaríos mentales de un monstruo bicéfalo nacido de las relaciones contra natura de un megalómano irresponsable y entontecido con un avaro sediento de poder.

¡GRACIAS POR SU ATENCIÓN!

José Ramón Rivera Guitián ( El Correo de España )