ENTRE TAIFAS Y LADRONES

“¡Soluciones! Ahora, Iceta“. Ese será el lema de campaña de los socialistas catalanes. Ha prometido el candidato no hacer a ningún independentista presidente. Sólo pactará con quien le lleve a él al Palau. Lo esencial de su mensaje es la promesa de que apoyará una reforma de la Constitución en el sentido federal.

Le pregunto a Domènech, candidato de CatComú, qué haría si se cumplen los sondeos y estuviera el destino en sus manos, como estuvo en las rodillas de los dioses. Contesta: “Vamos a esperar al destino y a saber qué dice cada uno en ese momento”. El caso es que, como terapia para curar el trauma y el gran barullo que ha ocasionado el procés, Iceta pregona el federalismo y Domènech, el referéndum pactado en la España plurinacional.

Cuando dos políticos que pueden hacer Gobierno en Cataluña hablan de federalismo y de plurinacionalidad, siempre me viene a la cabeza el cantonalismo de la Primera República, cuando hasta Jumilla practicó el derecho a decidir. Domènech, que es historiador, debiera recordar que en aquel tiempo llegó a redactarse una Constitución que reconocía las provincias como Estados independientes.

España estuvo a punto de desintegrarse. Como ahora, la legalidad se consideró reaccionaria y los políticos -muchos de ellos, catalanes- perdieron la cabeza. Aquello terminó como ha terminado ahora lo de Cataluña, como el rosario de la aurora (perdonen la frase hecha, pero es que hace alusión a los golpes que se dieron dos hermandades de fieles en Espera, Cádiz; la empleo para recordarle a Junqueras que los que rezan el rosario también terminan a farolazos).

Hay una lectura de la España legendaria, de la epopeya, y otra de la España de la anarquía y de la corrupción. Nos ha tocado vivir en la segunda. La corrupción ha sido permanente y crónica: “endémica y sistémica”, dicen los fiscales. Cuando Sancho Panza quiere dejar su gobernación porque añora recostarse a la sombra de una encina, se despide así: “Sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas”. Siempre hubo taifas y ladrones. Lo de los taifas comenzó cuando el Califato de Córdoba estalló en 39 banderías, luego siguió con el cantonalismo y ha desembocado en la España plurinacional.

Ese inmenso flirteo con los separatistas de uno de los partidos del “bloque monárquico”, según Podemos, es una amenaza a la Monarquía, porque el federalismo es, por su propia naturaleza, republicano. En cuanto a los plurinacionales, insisten en dar con la cabeza contra la lógica, aunque saben que Europa impide el fraccionamiento de los Estados.

Raúl del Pozo ( El Mundo )