ENVIDIA DE GALICIA

Estoy por preguntar si hay un sitio donde apuntarse para ser gallego. Es para sentir envidia y, a ser posible, para sentar plaza de gallego. Siempre admiré a Galicia desde muchacho, e incluso pasé parte de unas vacaciones en Noya, en casa de un compañero de guerra e íntimo amigo de mi padre, Malvarez.

Todos los años, gracias a la hospitalidad del Duque de Segorbe, suelo pasar unos días de descanso paradisiaco en La Estrada, en su Pazo de Oca, que es como un Versalles a la gallega, una maravilla de jardines llenos de magia y de encanto, laberinto de vegetación cuidadísima, que Valle Inclán reflejó en una de sus sonatas y tiene para mí toda la melancolía de una

 Galicia literaria que conocí leyendo a Álvaro Cunqueiro y a José María Castroviejo. Sin dar más pasos que los que van del Hostal de los Reyes Católicos al Pórtico de la Gloria, he sido el que ha hecho el Camino de Santiago más corto del mundo: no me negarán que tiene mérito. Y he gozado en Santiago de una invernal ciudad con lluvia y soportales, maravilla provinciana que pocos saben degustar.

En cuanto al verano, me ha bañado en el agua de las playas más frías del mundo; aún estoy pegando los tiritones que comencé a dar en Santa Cristina. Y luego me he sentido orgulloso de la galleguidad por el mundo. Cómo serán los gallegos de listos, que usted creerá que en Andalucía se sabe freír pescado, ¿no?, y habrá escuchado muchas veces el tópico del «pescaíto frito».

Bueno, pues en Cádiz fueron los gallegos del freidor los que nos enseñaron el arte de echar el pescado con harina de garbanzos en la sartén del aceite bien caliente. Sí, no es broma: los gallegos de Cádiz nos enseñaron a los andaluces a freír el pescado.

Hago esta exaltación de Galicia para que sea todavía mayor mi envidia tras las elecciones del domingo. No sé si un milagro del Señor Santiago o una muestra de racionalidad, pero los gallegos han sido hasta ahora los únicos españoles que se han quitado a Podemos de encima.

Ahí es donde de verdad siento envidia de los gallegos, que Alberto Núñez Feijóo haya logrado que las mareas podemitas pasaran de 271.418 votos en 2016 a los 51.223 del domingo, y de 14 diputados a cero patatero, que no sé si en gallego se dirá «cero cachelo», pero la alegría es la misma. Y la esperanza.

Con todo el aparato de la coalición del poder en Madrid, de socios del Gobierno, con los medios informativos adictos comiéndoles en la mano y el Estado usurpado por el Gobierno, Podemos no ha logrado comerse una rosca en Galicia. ¿Es para tenerles envidia a los gallegos o no?

Y, luego, la seguridad de Feijóo en su triunfo. Esto de sacar mayoría absoluta por cuatro veces, cuatro, no sólo es una victoria personal de Feijóo, sino de su modo de gobernar la autonomía. ¡Pues no son listos los gallegos como para fiarse del solo nombre de una persona y no de lo que ha hecho o ha dejado de hacer! Cierto que las siglas del PP aparecieron como aparcadas en la campaña, que dicen que en algunas ocasiones hasta había que pedir una lupa para encontrarlas en la propaganda e incluso en los propios mítines.

Queda finalmente la duda de saber si ha ganado Feijóo o ha ganado el PP. Pero a los españoles de fuera de Galicia nos da igual. Han logrado lo que, hoy por hoy, parece imposible, dejar a cero a Podemos. ¿Se imaginan una operación a la gallega similar en España entera, que Podemos se quede sin representación parlamentaria y vuelva a las tiendas de campaña del 15-M de la Puerta del Sol, de donde nunca debió salir?

Las «mareas», «nunca mais». Feijóo hoy es un modelo para el PP en toda España. No sé por qué, pero Moreno Bonilla me recuerda mucho en Andalucía a Feijóo en Galicia. Está haciendo su política, no la del partido, en favor de los votantes, no con el rabillo del ojo puesto en la calle Génova.

Casado debe «tomar nota», como Juncal.

Antonio Burgos ( ABC )