ERRAJÓN, ATAQUE SORPRESA

Hoy Podemos podría estar cogobernando España. Irene Montero sería vicepresidenta y otras tres personas cercanas a Pablo Iglesias llevarían las riendas de los ministerios de Sanidad, Vivienda e Igualdad. El cabecilla morado podría dedicarse a rehacer su maltrecho liderazgo interno e Íñigo Errejón no asomaría en el horizonte.

Pero en lugar de eso, los morados afrontan sus elecciones más inciertas porque a Iglesias volvió a fallarle el olfato. Es lógico que buena parte de sus votantes oscile entre la triste decepción y la hirviente indignación.

El PSOE pasó meses advirtiendo «que viene, que viene», señalando a Errejón, pero el líder podemita no creyó la amenaza. Descontó que su antiguo amigo no tendría tiempo para organizar una candidatura nacional. El plan del cofundador, discurría su círculo, sería esperar a que Sánchez e Iglesias se acuchillaran para emerger como gran alternativa en cuatro años. «Nunca ha sido un gran estratega», apuntaban con superioridad este verano.

Tan bien conocían a Errejón que no contemplaron que pudiera presentarse en algunos territorios. Menos aún que pudiera robar alguna confluencia como Compromís. Y como nadie calculó los riesgos, nadie le vio las orejas al lobo.

Las palabras de Iglesias asegurando que a su amigo de antaño «nunca» le interesó la política autonómica anticipan una curiosa campaña en la izquierda, marcada por relaciones de odio que siempre tienen al llamado marqués de Galapagar en el centro. Efectivamente, a Errejón debe importarle Madrid lo mismo que a Iglesias el Parlamento Europeo.

Pero la cuestión que parece olvidar el líder podemita es que fue él quien situó a su hoy rival como candidato autonómico. Ambos tienen tal pasado en común, que como el dirigente morado no tenga cuidado y se deje llevar por las tripas, cada vez que sacuda a Errejón correrá el riesgo de abofetearse a sí mismo.

Tantos tropezones en la misma piedra, la de la soberbia intelectual, deberían ser razón suficiente para que Iglesias se replanteara, como mínimo, su toma de decisiones. Con su historial, va camino de convertirse en el Pierre Nodoyuna de la política española, aquel personaje animado de los «Autos Locos» cuyos planes fallaban una y otra vez.

Desde la estrategia del «sorpasso» al PSOE en 2016 a sus modos estalinistas y el coqueteo con el referéndum catalán, va de patinazo en patinazo. Y así sigue. En julio creyó que Sánchez cedería en el último minuto y aceptaría sus exigencias. En septiembre calculó que Podemos marcó suelo en abril y que una repetición electoral solo podría reportarle igual o mejor resultado. Craso error.

La llegada de Errejón solo va a dar la puntilla a una estrategia que nació errada. Antes de ir a elecciones, Iglesias debió formularse una simple pregunta: ¿quién me apoyará en noviembre si no lo hizo en abril? Alguien de derechas evidentemente no.

¿Los socialistas enfadados con Sánchez? Difícil que traspasen su papeleta tan pronto a quien no ha dejado gobernar a su candidato. Parece más probable que se queden en casa. ¿Los votantes de izquierda que se abstuvieron el 28-A? Si fueron inmunes a Vox será aún más complicado que se movilicen ahora.

El único público objetivo que no votó a Iglesias pero podría apoyarle ahora está en el puñado de jóvenes que obtenga la mayoría de edad antes del 10-N. Un nicho insuficiente para una remontada. En cambio, puede perder el respaldo de quienes se irritaron porque no aceptó cogobernar España. No tiene que ir muy lejos a buscarlos, tiene varios en su propia bancada.

Ana I Sánchez ( ABC )

viñeta de Linda Galmor