QUÉ ERROR. QUE INMENSO ERROR

Hasta el último momento se esperaba el arrebato de sensatez que llevara al todavía presidente Puigdemont a atender las súplicas de sus consejeros menos radicales, si es que caben gradaciones en la resuelta ilegalidad. Perdida la esperanza en el súbito respeto constitucional de un gabinete revolucionario, se especulaba al menos con que el sano temor a la cárcel hiciese recapacitar a los promotores del golpe. Durante buena parte del día de ayer, desde la Generalitat se deslizó la previsión de que Carles Puigdemont acudiría al Senado a presentar sus alegaciones contra la aplicación del artículo 155. Portavoces de distintas fuerzas no precisamente afines al PP -desde Catalunya Sí que es Pot hasta el PSC, pasando por el PNV- recomendaron al president que convocara elecciones para evitar la intervención de la autonomía.

Pero la responsabilidad o la cordura parecen definitivamente fuera del alcance de Puigdemont y de sus socios más irreductibles. Toda la habilidad la malgastan en seguir jugando a la atribución de culpas con Madrid, a ver si consiguen colocar a los suyos y a la opinión internacional la gran mentira de su inocencia, de su actuación en legítima defensa, cuando en realidad ellos son los guionistas, los productores y los intérpretes de una agresión sin precedentes a la democracia española.

Este lustro independentista ha proyectado una farsa endogámica tan intrincada que en ella resulta imposible discernir el cinismo del fanatismo. Los separatistas dinamitaron la legalidad vigente, pero son capaces de apelar luego al Tribunal Constitucional cuando asoma con toda crudeza el 155. Se llenan la boca de democracia, pero laminan los derechos de la oposición. Acusan de autoritarismo al Gobierno central, pero instrumentalizan el Parlament y agitan la calle en un único movimiento de cariz totalitario.

Cargan sobre Rajoy intenciones guerracivilistas, cuando son Puigdemont y Forcadell quienes llaman a tomar represalias contra los malos catalanes, que son aquellos que se resisten a ser convertidos en extranjeros en su propia casa. Prometieron una Arcadia de prosperidad bajo el paraguas de Europa, pero cuando Europa les cierra el paraguas y cuando los bancos y las empresas huyen de la inseguridad jurídica que el independentismo extiende como una peste, se inventan órdenes de Moncloa -o de Zarzuela- para camuflar su ruinosa ineptitud.

 Antes serán detenidos que sorprendidos diciendo una verdad. Ahora se desesperan algunos aprendices de brujo. Pensaron que podían apagar con la derecha el fuego que prendieron con la izquierda. Pero se agota el margen para que los timoneles de este Titanic cambien el rumbo. Qué error. Qué inmenso error ha sido el ‘procés’.

El Mundo