Si el foco de destrucción se circunscribiera a los ministros designados por Podemos, como sugieren los teóricos de «en el PSOE están muy preocupados», la encrucijada sería menos comprometida y la amenaza menos grave. De hecho, ya habrían tenido que abandonar el Gobierno. Al fin y al cabo, el nuestro es un sistema de canciller con otro nombre. Quien lleva la correa y la afloja a voluntad es el presidente.

Va siendo hora de meterse en la cabeza que todo lo que sucede sucede porque quiere Sánchez, y que el PSOE es Sánchez y unos flecos, alguno de los cuales tiene de vez en cuando la valentía de descolocarse y realizar alguna hazaña. No sé, pedir un poquito de respeto al Rey de España. ¡Heroico! Como Vetusta a la hora de la siesta. Desengáñense, si la democracia española está malherida es por culpa del Narciso de La Moncloa, y de nadie más.

¿Qué esperaban que hicieran Iglesias, Garzón y Castells? Pues representar su papel. Son actores sin versatilidad. Cualquiera que venza la pereza lectora puede hacerse deprisa una composición de lugar de lo que se traen entre manos. Casi todo está en Ernesto Laclau y señora, con Gramsci al fondo.

Van a lo suyo y no dan más juego. Su peligro sería insignificante si Sánchez no estuviera convencido de que su conveniencia personal coincide con el juego podemita. Vaya usted a saber qué ignoto resentimiento se remueve ahí.

Castells no se permite abroncar al Rey: se lo permiten. Garzón no tiene el valor de atornillar una jaula para Felipe: lo toma prestado. Iglesias no pone en peligro la forma de Estado: le han colocado un amplificador y unos potentes altavoces. Sin ellos sonaría a megáfono de manifa de facultad.

Así que la clave está en la voluntad del presidente, que habla por boca del ministro Campo cuando presenta un viaje del Rey a Cataluña como provocación. Lo otro simplemente le conviene: que Castells se sobre con el Monarca, que Garzón exponga la necesidad de amordazarlo, o que Iglesias se adentre en la fantasía del advenimiento de la Tercera República.

Porque aquí no adviene nada. Aquí se reforma o no se reforma la Constitución. Y si la República debe volver será porque sus partidarios logran que dos Congresos y dos Senados diferentes lo voten por dos tercios, y que un referéndum lo ratifique. Y nada de eso ocurrirá porque no les da la aritmética parlamentaria ni la popular.

¿Qué pretende entonces Sánchez? Añadir miedo social al miedo de la pandemia. Pretende que la cobardía de las élites opere un milagro sobre la percepción; la realidad no le coge tan a mano. Pero por mucho que los conspiradores más visibles del Gobierno profesen la superstición de Berkeley según la cual «ser es ser percibido», tan fascinante idea solo se la toman en serio los publicitarios.

O sea, que mientras la percepción del personal se va alterando, lo que de verdad nos sobrevuela no es la revolución sino la alarma. Este es el verdadero estado de alarma. El pánico, que paraliza a quienes estarían obligados a reaccionar, puede desencadenar revoluciones, cierto es.

Pero eso toma su tiempo, que sería muy largo si se tratara efectivamente de conformar una gran mayoría para la reforma constitucional.

Y que es muy corto si lo que se busca es aprovechar el canguelo de las élites para armar una autarquía disimulada: presionar a los jueces, impulsar el uso alternativo del Derecho, indultar golpistas, imponer en la Fiscalía los criterios de Garzón, obligarnos a tragar con la rueda de molino de la Memoria Democrática, o consolidar por tortuosas vías una asimetría que ya existe de antaño: arriba están Cataluña y el País Vasco, que tienen historia, y abajo los demás, que nacieron ayer.

Juan Carlos Girauta ( ABC )