¿ ES UN PÁJARO ?

Ahora que se ha revelado como un personaje salvífico y con más usos que una navajita suiza, me pregunto si Manuel Valls no podría aspirar también a ser el novio que anda buscando Ágatha. Puede ser que le falten desencanto, conciencia de final de especie y colores vivos. Es decir, todo cuanto posee Jep Gambardella, que es el novio de más de cincuenta que querría presentarle a Ágatha siempre que ella prometiera no convertirlo en un tipo que empuja el carrito en el supermercado. A ese yugo, como Conan a la rueda de moler, ya estamos uncidos los seres convencionales, atentos a los 2×1 de Carrefour.

Me fascina Valls. El viaje existencial de un hombre que pretendió ser presidente de la República francesa en la estela de Mitterrand y ahora permite la circulación de rumores acerca de un destino municipal en España sólo puede resumirse con el célebre gerundio de Belmonte: “Degenerando”. Temo que se presente a las elecciones, que las pierda como perdió todo cuanto intentó antes, y después de ello encontrármelo, apretando manos en el hogar social, como candidato a presidir el C.D. Canillas, orgullo del fútbol de base en el barrio de Hortaleza. Si he regresado a EL MUNDO es, sobre todo, porque me pilla cerca del Cani.

En la actualidad española vuelven a tener sentido los personajes providenciales, los aparecidos por reclamación de los cirios petitorios. No es un pájaro, no es un avión, es Valls a punto de bajar en picado porque escuchó nuestras plegarias y, como un improbable Cincinato, se dice inclinado a abandonar las lecturas de su retiro para asumir la penosa tarea de ejercer el paladinazgo constitucionalista en Barcelona. Un campeón dispuesto a salvarnos hasta de nosotros mismos. Porque Valls, renuente a aceptarse como un político fracasado, errante, más rebotado que en el pinball, maquilla el destino menor de un ámbito municipal en España mediante la reclamación de una plataforma de salvación de la patria que haga pasar su cometido por algo más propio de un prócer que tapar socavones en las avenidas y garantizar la puntualidad de un Metro cuyo mapa probablemente no conoce.

Tal vez habría que preguntarse por qué esas banderías de las almenas constitucionales no son capaces de producir por sí mismas un personaje atractivoque sirva para romper esa mezcla institucional de odio e ignorancia perfectamente ilustrada por una alcaldesa que fulmina incluso a personajes históricos acertándoles con la palabra facha como si ésta fuera un perdigón escupido con displicencia por la comisura de los labios. No puedo pensar en ello porque debo encontrarle un novio a Ágatha.

David Gistau ( El Mundo )