ESCABECHINA

Hace poco corrió por periódicos y tertulias la noticia de que Iván Redondo, el gurú de Sánchez, había aconsejado nuevas elecciones para escabechar a Iglesias, al ponerle en el dilema de ceder sus votos sin entrar en el Gobierno o irse por la cañería de las urnas. Ayer, el CIS salió con otra encuesta que lo abona: un 39,5 por ciento para el PSOE, un 15,8 para Cs, un 13,7 para el PP, un 12,7 para Podemos y un 5,1 para Vox.

Ni a Fernando VII se las ponían así sus cortesanos. «Lo mejor que puede ocurrir a Sánchez es no creérselo», ha dicho un comentarista próximo a él. Pero no se trata de que Sánchez lo crea, sino de meter miedo a Iglesias y a Rivera. O, más exactamente, de crear un clima favorable a tal vaticinio, que es para lo que están sirviendo últimamente las encuestas, con unos líderes políticos mirándose el ombligo y unos expertos que imponen su opinión en vez de analizar la realidad.

Consecuencia de su falta de formación, de principios, de experiencia como si estuvieran en una serie de televisión, que puede interpretarse a capricho o, sencillamente, cerrarse el aparato si no gusta. Estamos viendo que las mayores batallas se libran dentro de cada bloque y que los problemas se agravan en vez de solucionarse y que, a falta de argumentos, se echa mano del insulto, cada vez más soez, como ocurre en todas las situaciones enquistadas. Ocurre en ambos campos, con resultados similares, es decir, sin llegar a ninguna parte.

Pedro Sánchez quiere gobernar en solitario con sólo 123 escaños, y pactos con unos y otros gratis, sin dar nada a cambio, como si se tratase de un adulterio que conviene mantener oculto. Como Rivera quiere gobernar junto al PP con los votos de Vox, sin darle siquiera la mano, como si fuese un apestado. Y así no se hace política, así se pudre la democracia.

Tanto Sánchez como Rivera tienen razones para mantener a distancia a Iglesias y Abascal. Pero no tienen toda la razón porque tanto Abascal como Iglesias tienen derecho a que se les reconozca el mandato que les han dado sus electores, que no son pocos. En este pulso, como en todos, quienes más tienen que perder son por lo general los más pequeños.

Quiero decir que, seguramente y como dicen las encuestas, se verán arrollados en caso de haber nuevas elecciones, aunque sólo sea por cansancio del electorado. Pero, como queda dicho, las encuestas no son cálculos matemáticos de lo que va a ocurrir, sino intentos más o menos descarados de influir en el voto para que su predicción ocurra. Habiendo ocurrido más de una vez que producen el efecto contrario. ¿O es que hemos olvidado el susto que nos dio Trump?

Iglesias y Abascal pueden darse el gustazo de dejar plantados a sus socios de izquierda y derecha, pero al precio de conseguir lo contrario que buscaban: dar el gobierno a la derecha e izquierda respectivamente. En Murcia empieza a ocurrir.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Lina Galmor