ESCATOLOGÍA DEL SEPARATISMO

“¿ Representa el señor Torra, con su xenofobia salvaje, al independentismo actual?”, se preguntaba el escritor Javier Cercas en El País un día después de la investidura de Quim Torra.

Una pregunta inquietante, tan inquietante como preguntarse si el pueblo alemán era consciente o no del destino de millones de compatriotas judíos que desaparecían de sus barrios sin dejar rastro. ¿Ignorancia, implicación o miedo? ¿Cómo fue posible que nadie viera nada?

Javier Cercas fue certero en la pregunta. Era, es pertinente hacérnosla ahora, pero sólo amagó la respuesta. Se quedó a medio camino, ese espacio que nos oculta la incógnita sobre la sociedad alemana de aquel tiempo: ¿cómo fue posible que nadie viera nada?

Se pregunta Cercas: “Uno entiende muy bien que el señor Puigdemont y tres o cuatro insensatos como él compartan las ideas del señor Torra, pero ¿las comparte también el PDeCAT, la antigua Convergència de Pujol y Roca y Mas? ¿Las comparten ERC y la CUP, partidos que dicen ser de izquierdas? Y, si no las comparten, ¿cómo es posible que hayan permitido con sus votos que este señor sea presidente de Cataluña?”. ¿Cómo es posible, añado yo, que no se haya escandalizado tanta alma bella catalanista ni haya salido a la calle manifestación alguna para oponerse a esa asquerosa ideología racista?

Pues ha sido posible, querido Javier, porque hoy en Cataluña, como ayer en Alemania, hay una sociedad nacionalista que comparte la pulsión supremacista del nuevo presidente. No sólo los políticos profesionales. Aunque lo amaguen tras una revolución de las sonrisas más falsa que la democracia y los valores pacifistas que instrumentalizan para ocultar el hedor a fascismo que destilan.

Es la estética Pujolel gran timonel. Él no inventó el racismo cultural de Prat de la Riba, ni el fascismo de Estat Català de principios de siglo que profesa Quim Torra, pero sí logró camuflarlos tras el victimismo y la reivindicación de la cultura y la lengua catalanas. El contrabando ha sido tan eficaz desde que accedió al poder, en 1980, que ha logrado envenenar a dos generaciones y darles razones a sus contemporáneos para odiar a España y cuanto representa.

Es el efecto de la rana escaldada. Si se mete a una rana en agua y muy poco a poco se aumenta su temperatura, la rana morirá escaldada sin darse cuenta. Es esto lo que está pasando a una parte importante de los dos millones de catalanes que apoyan el independentismo. El procés ha ido modulando agravios, mentiras, reivindicaciones, poco a poco, durante muchos años, hasta lograr que el resentimiento y el odio del separatismo más racista de los años treinta sea metabolizado como normal por miles de personas del presente. La mayoría ni siquiera se da cuenta de que son perfectos racistas culturales. La tribu da calor a la manada.

Es sorprendente ver la indignación ahora de muchos ante el pensamiento racista del pavo. La historia del catalanismo está empedrada de él. Pero no se lee. Tres libros imprescindibles: La raza catalana (2 tomos), de Francisco Caja, y España contra Cataluña. Historia de un fraude, de Jesús Laínz.

La buena noticia es que, después de muchos años de engaños, ni ellos se podrán seguir engañando ante un presidente que ha vomitado y defeca lo peor del fascismo de los años 30. El espejo, la imagen blanca que se han contado para odiar sin complejos de culpa, hará reflexionar a muchos. El miedo a otros. Y al resto los sacará de la madriguera para imponer por la fuerza lo que no han logrado hacer con engaños. Lo que nunca podrán evitar ya es la pestilencia que destila este nombramiento. Los demócratas hemos ganado. Solo es cuestión de tiempo… y con el mazo dando.

PS. ¡Stop al racismo! Concentración en la Plaza de San Jaime (Barcelona), el domingo a las 12:00.

Antonio Robles ( Libertad Digital )

viñeta de Linda Galmor