ESCOLARES EN EL GUETO

Llega Bruno, el temporal de invierno entre dos años. Se aproxima desde el Atlántico. Es una profunda borrasca de escarchas polares y nieve. Las llamadas heladas de la Epifanía, con árboles plateados y sonámbulos, despedirán el año. Esperamos lluvia, porque la situación es desesperada. Los regantes de Levante piden agua de socorro para evitar que mueran en primavera 44 millones de árboles frutales.

Esta sequía de sol majestuoso prueba que Mariano Rajoy no tiene dotes de profeta. No es que sea uno de esos falsos agoreros de visiones falsas y necias, tan perseguidos en la Biblia; es que le preguntaron si iba a subir el recibo de la luz y, acorralado como el avefría, anunció que llovería, y no llovió. Tampoco acertó al prometer que no habría referéndum, y lo hubo.

Pasaron los meses y Puigdemont sigue encerrado en una cáscara de nuez desafiando al Estado. El fracaso en Cataluña es el otro temporal que azota a Génova. Los revoltosos piden un congreso extraordinario porque creen que el PP está a punto de desaparecer. Exigen un congreso de renovación. Pero Mariano Rajoy ha sorteado momentos peores. Antes de que decidiera aplicar el artículo 155, en Cataluña -como en la propia Tierra antes de nada- sólo existía el caos. El presidente ha restablecido las leyes y las elecciones libres en un territorio donde habían sido quebrantadas y atropelladas. Es la izquierda la que no supo ver que el debate no era ideológico, sino sobre la continuidad de España como Estado.

Cuando el presidente Abraham Lincoln mandó a los soldados a la guerra, dijo: “Mi objetivo primordial en esta guerra es salvar la Unión”. El intento de abandonar la confederación fracasó y, desde entonces, nunca más se pondría en cuestión la unidad. Ante la sedición suelen aplicarse los estados de sitio, y este Gobierno sofocó la rebelión sin un muerto. No creo que sean el PP y su presidente los que estén a punto de desaparecer. Más bien, el futuro se juega entre dos derechas, con una izquierda desorientada y menguante.

El problema no es quién gane en España, sino cómo se alcanza el fin de un odio que circula libremente por las calles y las instituciones. Ayer mismo, la Fiscalía llamó a 12 profesores por los comentarios ofensivos que hicieron a los alumnos hijos de guardias civiles, como si fueran niños de un gueto. Escribió François Furet, el historiador de la Revolución francesa, que el rasgo de las democracias es su capacidad de producir niños que odian al régimen en el que nacieron. En este caso no eran los alumnos, sino los propios educadores, los que inculcaban a los escolares el odio al aire que respiran.

Va a ser muy difícil restablecer la paz; ni siquiera utilizando el olvido, esa forma sofisticada de la memoria.

Raúl del Pozo ( El Mundo )