ESCOPETA Y PERROS

Si no la única, la gran virtud de las redes sociales que teje internet es la de permitirnos identificar y localizar a un idiota a lo lejos, sin necesidad de entrar en contacto con él.

Es lo que se conoce como distancia social. Lo que antes sabían solo unos cuantos, por simple proximidad y conocimiento directo, es ahora patrimonio inmaterial de la humanidad, porque un tonto se esfuerza en compartir sus potencialidades, pegando tiros a una fotocopia o haciendo alarde de su violencia verbal, que no deja de ser el guión -tolerado por los tribunales con el sello de la libertad de expresión- de lo que el hombre de la escopeta dramatiza con una puesta en escena propia de una despedida de soltero o un fin de régimen, que vienen a ser lo mismo, de lo particular a lo general.

La fulminante detención del taxista malagueño que protagoniza la conocida secuencia del fusilamiento simbólico de Iglesias, Marlaska o Echenique permitió ayer a los distribuidores y rentistas de este peliculón insistir a voz en grito y entre alertas antifascistas en el riesgo que corre la democracia con toda esta gentuza de la ultraderecha suelta por ahí.

Un dizque medio de comunicación, defensor de los apologetas del terrorismo, expresión extrema de la justicia social, se encargó de estrenar el cortometraje, sacado de un grupo de WhatsApp. Acto seguido, el Gobierno movilizó a la Abogacía del Estado y a la Fiscalía, mientras Pablo Iglesias se hacía el mártir de la libertad, todo esto en riguroso directo, retransmitido por unas emisoras cuyos informativos se han convertido en contendores de vídeos de impacto y progreso.

Este selecto grupo de plañideras es el mismo que considera la guillotina como parte del menaje cuando se usa contra la Corona, el mismo que se saca un máster en hip-hop para proclamar la excelencia rapera de un indeseable obsesionado con el magnicidio, el mismo que tacha de humor negro cualquier infamia.

Son los mismos. Dicho lo cual, y rebobinada la secuencia que empieza en un pasquín de internet y termina en un tuit de Pablo Iglesias, habría que preguntarse quién aprieta con más fuerza y cálculo el gatillo del odio, si el tonto de la escopeta que se hace el gallito entre sus amigos o los socios del cineclub que proyectan en abierto y con los oportunos subtítulos, impresos en Twitter, un falso documental sobre la realidad de España para que a la gente con tragaderas se le hagan un nudo las palomitas.

Jesús Lillo ( ABC )