ESCRIBIR ES COPIAR

Escribir en España ya no es llorar. Eso se quedó para los tiempos de Larra, aquel articulista que se creía lo que escribía, y al que le dolía España en el costado de su juventud perdida. Con apenas 28 años se quitó la vida delante de un espejo por esa tragedia nacional que la convirtió en íntima, fuera aparte el amor que no le correspondió Dolores Armijo y que lo dejó solo ante el peligro de su propia soledad.

Escribir en España ya no es llorar, sino copiar el texto con la pamema de la intertextualidad que todo lo puede y todo lo justifica. Que se lo pregunten a ese presidente del Gobierno que se ha atrevido a publicar una tesis y un libro de memorias sin haberse peleado con la sintaxis, la verdadera patria del escritor.

Lo escrito por Pedro Sánchez es lo de menos. El contenido es tan absurdo que podría competir con Ionesco. Cambien el rinoceronte por el colchón donde Gregorio Samsa se convierte en el bicho que le sirve a Kafka para poner en solfa el orden previsible de la razón. Cambien sus reflexiones de primero de primaria por los versos de Fray Juan de León o de San Luis de la Cruz. O como se diga.

Cambien lo que quieran hasta que le salgan las memorias de Churchill, porque ahí no está en el problema, sino en la falsa autoría que ha sido capaz de engendrar este tipo sin escrúpulos que ha accedido hasta la Presidencia del Gobierno gracias a los enemigos del país que debería defender.

Es increíble que los escritores no se hayan puesto -o no nos hayamos puesto- en pie de guerra ante el insulto que nos ha proferido este señor que va de desahogado por la vida. Firmar un libro que ha escrito otra persona es algo que debería ser constitutivo de delito en el país que encerró en la cárcel a Quevedo y a San Juan de la Cruz, a Fray Luis y a Miguel Hernández. Aquí pagaron lo escrito con su vida autores como Muñoz Seca o García Lorca. Y ahora viene este aprendiz de juntaletras a adjudicarse un libro que no ha salido de su magín. Para echarse, esta vez sí, a llorar.

Aplaudido por los mismos plumillas que luego se quejan de la derecha porque no los subvenciona, o porque son tan sectarios que no son capaces de ver más allá de las narices que no se huelen el embuste de Sánchez. Así es esta España que desprecia a sus escritores y que le entrega el poder a quien pone su nombre en un libro sin haberlo escrito.

Si Quevedo levantara la cabeza… se echaría a morir otra vez. Como Larra, que se quitó la vida ante un espejo porque no era como Sánchez: el falso escritor se habría quedado embobado mirándose como un Narciso iletrado, que es lo que es.

Francisco Robles ( ABC )