ESCUPITAZO

Pienso hace tiempo que lo mejor que se puede hacer con Gabriel Rufián es no concederle demasiada atención. Primero, por la contención obligada ante un muchacho que, según un piadoso eufemismo contemporáneo, tiene capacidades especiales.

Segundo, porque, entre todos, estamos contribuyendo a que triunfe en Madrid con un show tremendista, digno de un anaquel de casetes procaces en una gasolinera, que representa la consagración de su existencia -creo que hasta de modelo ha hecho en una revista- en una época en la que hay hueco en la vida pública para gente así: la apoteosis del trol, del tribuno de la plebe devenido una vaquilla suelta.

Sin embargo, una razón hay para tomarse en serio a Rufián. Es el personaje ideal para encomendarle la ejecución de una estrategia calculada y ya practicada en el Parlamento de los años 30 por los portavoces del pistolerismo: se trata de arrastrar a todos los oradores a una barahúnda llena de odio y violencia verbal que dé una sensación de institución terminal, reflejo en ese sentido de un régimen y una sociedad colapsados.

Se trata de que parezca, como habría dicho Alatriste, que no queda sino batirse. Los oradores de Podemos intentaron lo mismo a menudo, sólo que las ínfulas de prócer de Iglesias, sobre todo a partir del chalet y de la vicepresidencia virtual, le impidieron convertirse en un agent-provocateur tan perfecto por enteramente desbocado en su papel como Rufián.

Más allá de que el escupitajo a Borrell ocurriera o no, y de que dejara o no otro orificio en la cúpula de las balas perdidas, basta con que esta gente nos haya obligado a considerarlo verosímil y ajustado a la época, como si el lapo fuera plomo por otros medios. Y no deja de tener gracia que el juego se haya enfangado tanto como para que a la presidenta del Congreso le pidan que se ponga la jugada a cámara lenta en las pantallas como si tuviera que irse a la banda a consultar el VAR.

Borrell hizo la definición perfecta de Rufián: una mezcla de serrín y excrementos. Y fue muy aplaudido por su bancada. Casi da pena recordar que esos matones empeñados en reventar por dentro el parlamento y el sistema son precisamente la gente a la que visitan en las cárceles para muñir sórdidas concesiones políticas, a la que quieren incorporar a una forma de poder perpetuo que excluya a la derecha de lealtad institucional, ésa es la gente a la que deben Moncloa y con la que quieren aferrarse al Falcon para cumplir el único propósito confesado, el de «mantenerse».

David Gistau ( ElMundo )

viñeta de Linda Galmor