ESCUPITAJOS

Sostienen algunos que estamos llegando a un nivel tabernario en el debate político. Me parece excesivo ese modo de desprestigiar a una institución tan española como la taberna. Tabernas clásicas hay donde no se insulta a nadie con tan poca clase como en cualquier sesión de los miércoles en el Congreso de los Diputados; y donde, por el contrario, hay corteses discusiones sobre la necesidad del VAR en los partidos que llaman «de la máxima».

Puestos así, hay que sacar enseñanza de las tabernas, y traer a la política algunos de sus usos y costumbres. Por ejemplo, los letreros que en las antiguas y clásicas había colgados de las paredes o empotrados en ellas en artísticos azulejos. Como aquel de «Se prohíbe el cante», no estaría mal poner en el Congreso de los Diputados otro que dijese: «Prohibido dar el cante contra la voluntad de los votantes que tienen a sus señorías apalancados en esos escaños, con esos sueldazos y esas mamelas». Aunque el más urgente es el letrero tabernario del salivazo, allá donde tantos escupen la mano que les da de comer.

En las viejas tabernas españolas solía haber un letrero que ponía: «Se prohíbe escupir en el suelo por razones de higiene». «Visto lo visto», como se dice en Tertulianés Clásico, del escupitajo que, al paso, sobre la marcha, qué puntería, parece que un diputado de ERC le largó al ministro Borrell y que ninguno de sus colegas de Gobierno vio, qué vergüenza, qué forma de abandonar a uno de los suyos, con tal de no molestar a los que los mantienen en el poder y a Pablo Sánchez en su Falcon o en el Airbus de la Fuerza Aérea Española, arreglando desde la dictadura cubana los problemas de Gibraltar… Total, como «La Habana es Cádiz con más negritos», Sánchez arregla desde La Habana los problemas de la soberanía del Peñón y del Campo de Gibraltar.

Pero antes de coger al avión del Okupa de La Moncloa y del Falcon, como lo tomó para ir a Valladolid y tardar 8 minutos menos y algo así como 9.000 euros más que en el Ave, íbamos por el salivazo a Borrell. Escupitajo tabernario, pero sin letrero en las paredes.

Por eso, Ana Pastor, aparte de dar esos discursos tan razonables sobre la moderación en la palabra y la cortesía en las formas parlamentarias, en vez de quitar ofensas y ponerlas entre corchetes en el «Diario de Sesiones», debería mandar que colocaran en lugares bien visibles del hemiciclo carteles tabernarios adecuados a las actuales circunstancias, y que al modo del otro «por razones de higiene» dijese: «Se prohíbe escupir sobre el banco azul por razones de crispación».

Nadie del Gobierno, por lo visto, vio cómo le escupían a Borrell, como a Cristo Nuestro Señor los judíos en el camino del Calvario. Aquí es muy difícil ver los escupitajos. Que no sólo son los de los diputados de ERC cuando salen acompañando al que lleva un apellido calificatorio, cuando la señora maestra lo echa de clase. El propio Rufián, con sus payasadas, está harto de escupir la mano que le da de comer: el Reino de la España de la que no quiere formar parte, que le endiña 7.000 euros del ala cada mes, no está mal la cosa como para tomarla como diana de sus invisibles salivazos.

Y el Gobierno está harto de pegarnos escupitajos a todos los españoles, sin que nadie los quiera ver, como si fuéramos vecinos de Borrell en el banco azul. Sánchez está harto de escupir en su propia promesa de convocar elecciones o en las previsiones de gasto y déficit que dicta Bruselas.

¿Y en la separación de poderes? ¿Y en la función del Senado? Sánchez sí que escupe contra la separación de poderes para indultar a los golpistas separatistas, más salivazos que un diputado de ERC contra Borrell, y sí que deja que nos escupan los que los mantienen en el poder. Que escupan a España y a su Constitución, a la Monarquía y a nuestro Rey. No sólo a Borrell.

Antonio Burgos ( ABC )