Los desperfectos causados, de momento, por las diferentes olas de la pandemia sitúan a España en una posición verdaderamente dramática en el naufragio  económico y social que vivimos desde 2020. Los voceros oficiales del régimen cifran el caudal de parados en cuatro millones, aunque esta cifra no es, en modo ninguno, cierta.

A los cuatro millones oficiales hay que sumar otras 600.000 personas, paradas también, pero contabilizadas en procesos y cursos de formación, otros 511.000 autónomos que ya no están dados de alta como tales y 900.000 trabajadores implicados en ERTE´s, por lo que la cifra final, real, es superior a las seis millones de personas, cifra contundente y que actúa como inexorable juez métrico.

En términos económicos sabemos que ninguna cifra tiene sentido por si sola y que solo comparándola con otra adquiere de identidad. Pues bien, en España tenemos 18´8 millones de personas de alta en la Seguridad Social por lo que los seis millones reales de parados superan un 33% de los cotizantes. Una cuarta ola sería definitivamente mortal para nuestra economía, para nuestra sociedad y para nuestro futuro como país.

No acertar en las medidas ante tan extraordinaria crisis, no solo nos arrojaría a las graves consecuencias del presente sino que nos puede llevar a negro en todo nuestro empeño de futuro.

Cuando está en juego el mantenimiento de la identidad de la estructura de un Estado moderno y comprometido con sus ciudadanos, veo con intensa preocupación como la cacareada clase política nos conduce hacia un acantilado sin la solvencia que las reformas reclaman.

Las tres olas COVID han comprometido gravemente nuestro futuro y la destrucción de nuestro parque empresarial enmascararse con manifestaciones irresponsables tipo 8-M o desescaladas tan propagandísticas como las de la Semana Santa.

El gobierno, si existe, anda desaparecido y los medios afines disfrazando la realidad de su insolvencia, cuando los indicadores de desestimación industrial más grande de la historia nos pueden dejar en una posición de marginalidad en la Europa de primera que alguna vez soñamos darnos, por la ausencia de las más que vigentes reformas estructurales necesarias.

España se va a negro y el gobierno, sin propósitos ni criterio, asiste a su funeral alejado de la responsabilidad de recuperar los almacenes internos de la economía  y sacrificando en el tumulto pandémico la capacidad del país. La toma de tierra con la economía y con la sociedad, sencillamente, no existe.

Si no hay vacunas no habrá economía y si no hay economía, España se irá a negro. No cabe la resignación pasiva de los ciudadanos y me duele la manera formal de disfrazar la realidad con la vulgaridad de echar balones fuera.

Juan Carlos Gimeno ( El Correo de España )