ESPAÑA ES UNA FIESTA

En mis tiempos de TV tuve que dar muchos pregones de fiestas, pero ninguno como el de un pueblo al sur de Madrid, cuando, tras el pregón, nos fuimos al campo de fútbol a disfrutar de «los fuegos». Aunque de disfrutar, poco. Aquello parecía la Tercera Guerra Mundial, y eso no era lo peor, sino que empezaron a caer sobre nosotros varillas y cascotes, que nos hicieron correr hacia la caseta que servía de vestuario. Una vez a cubierto, el alcalde dijo en voz alta, no sin orgullo: «Nos han costado 25.000 pesetas». Como debiera ver cierto reproche en mis ojos, me dijo, ya en voz baja: «Es que si tengo unos fuegos menos vistosos que los del pueblo de al lado, no me votan en las próximas elecciones».

Esa es la España de nuestros días. Tras el desplome del ladrillo, el concejal más importante es el de Festejos. No hay población, grande o pequeña, del norte o del sur, del PP o del PSOE, que no tenga, junto a unas Fiestas patronales a la grande, festivales de todo tipo, como si la principal misión de los Ayuntamientos fuera divertir al vecindario y al entorno, que lo pasan en grande, sobre todo los jóvenes, que se matan de madrugada por las carreteras. O en el mismo lugar del espectáculo, como ha ocurrido en salas abarrotadas y ha estado a punto de ser catástrofe en Vigo, aunque 440 heridos, varios graves, se le aproxima.

Menos mal que los vigueses saben nadar, pues de no saber, estaríamos de luto nacional. Mientras las autoridades renuncian a su auctoritas y se pasan la pelota. Cuando hay un hecho incontestable: responsable de festivales como O Marisquiño es quien da el permiso: el Ayuntamiento, tras cerciorarse de que cumple las condiciones de seguridad. Así que, sr. Caballero, haga honor a su apellido. Es usted un buen político, pero demuestre ser un buen alcalde asumiendo su responsabilidad.

Claro que, con el ejemplo que recibe de arriba, no extraña. Pedro Sánchez se supera cada día. O, más bien, se hunde en contradicciones. Tras recibir con banda de música a los primeros inmigrantes del Aquarius, resulta que «España no es el puerto más seguro para ellos».

Tras encontrarse el barco la vez anterior más lejos, ahora que está más cerca se le rechazó. Tras negar a Barcelona permiso para acoger a los nuevos 141 inmigrantes a bordo (Torra incluso había ofrecido tres puertos catalanes, sabiendo que no tenía poderes para ello), Sánchez termina aceptando a casi la mitad, 60, repartiéndose el resto entre Portugal, Malta, Luxemburgo, Francia y Alemania. Como para dudar de su estabilidad mental.

Cuando es bastante más sencillo: si las mentiras tenían patas muy cortas, con internet, wifi y móviles, ni siquiera tienen patas: todo está a la vista. A Nixon le destruyó en 1960 una foto con pie: ·¿Le compraría usted el coche usado?» Sobre Sánchez podría preguntarse: ¿Le compraría usted una bicicleta usada, ahora que va en avión oficial a los festivales?

José María Carrascal ( ABC )