Mientras los irrelevantes políticos del teatrillo partitocrático que padecemos hacen gala de su incurable miopía y cortoplacismo, los verdaderos problemas nacionales siguen sin recibir la atención que merecerían si al frente de nuestros asuntos públicos hubiera verdaderos hombres de Estado.

Problemas que no por no quererlos ver, dejarán de causar catastróficas consecuencias si no se abordan y se afrontan con seriedad. Asuntos que no contarán para que los partidos ganen o pierdan las próximas elecciones, pero que constituirán una herencia envenenada que dejaremos a nuestros hijos y a las próximas generaciones.

Uno de esos asuntos de calado es el que Alejandro Macarrón ha llamado con todo acierto “el suicidio demográfico de España”, provocado por la alarmante falta de natalidad. Problema común a toda Europa, pero especialmente preocupante en nuestro país.

La voz de Alejandro Macarrón -prestigioso consultor empresarial que ha dedicado su tiempo y dinero a alertar sobre esta cuestión desde la Fundación Renacimiento Demográfico por él creada-, clama en el desierto sin que nadie parezca interesado en hacerle caso.

 Los datos que proporciona son escalofriantes:

 “Mientras el porcentaje de embarazos abortados en 2019 fue el máximo histórico, en 2019 nació en España el menor número de niños desde mediados del siglo XVIII -menos de 360.000-, con una población que entonces era la quinta parte de la actual.

Y si nos fijamos solo en los bebés de madres españolas de origen en 2019 -menos de 260.000-, seguramente habría que remontarse al siglo XVI para ver números similares, cuando la población de España era de unos 5 millones de personas nada más. ¡España se va por el sumidero!”.

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Las consecuencias de esta tendencia pueden imaginarse fácilmente. No solo seremos un país de viejos, sin mano de obra productiva que pueda pagar las pensiones. Sino que seremos un país que habrá perdido su carácter e identidad. Tierra de conquista para quien se lo proponga.

No hace falta ser profeta para saber que China será la potencia hegemónica del próximo siglo. Llevan décadas preparándose para ello, trabajando con objetivos a largo plazo. Y lo que hasta ayer parecía un horizonte lejano, lo vivirán ya nuestros hijos.

Tampoco hace falta ser matemático para proyectar el impacto a futuro de la exponencialmente creciente entrada de jóvenes marroquíes en España. Quizás alguien ha visto las cifras de natalidad de los españoles, y ha decidido también trabajar con un objetivo a largo plazo.

No lo verán entonces nuestros hijos, como suele decirse, porque no habrán nacido hijos de españoles. Lo verá una muchedumbre de ancianos asombrados…asombrados de ver cómo habiendo sido capaces de poderlo haber previsto, prefirieron mirar para otra parte y no hacer nada.

El Correo de España