Se suele decir que la vida hace extraños compañeros de viaje, lo cual no deja de ser una reflexión en la que de alguna manera se nos presenta como impropia e inexplicable la presencia de ciertas personas a lo largo de nuestro periplo existencial.

Pero, en realidad, si bien la vida es en buena parte impredecible, ello no significa sea un arcano indescifrable ni que debamos asumir sin reservas que somos simplemente espectadores pasivos de un espectáculo en el que lo que sucede nos es impuesto por misteriosas y ajenas fuerzas, ya que ello conllevaría la aceptación resignada de todo aquello que nos acontece y la renuncia a todo tipo de responsabilidad en nuestro devenir personal.

Por ello, dada una predisposición probablemente innata a no aceptar de buen grado las imposiciones, independientemente del origen o carácter de las mismas, entiendo necesario someter a juicio la cuestión y comprobar hasta qué punto somos los protagonistas de nuestra particular odisea.

Así, recurriendo al reduccionismo cartesiano que tanto ayuda en estos trances, podemos establecer que aquellos que nos acompañan a lo largo de nuestra vida vienen dados por nuestro origen, particularmente en la infancia y adolescencia, por el azar, que como señalaba Unamuno “es el ritmo íntimo de la vida”, por la necesidad, particularmente en situaciones de marcada vulnerabilidad, y por la búsqueda activa de entornos sociales que se ajusten a nuestras preferencias y expectativas vitales.

Podría parecer a simple vista que solo tenemos capacidad de decisión en el último de los citados canales de relación interpersonal. Sin embargo, si analizamos el asunto con un cierto detenimiento, la conclusión es que, dentro del elenco de posibles compañeros de viaje que la vida nos oferta y siempre que las circunstancias no sean absolutamente determinantes, el ejercicio del libre albedrío nos brinda la posibilidad de elegir con quien compartir camino y a quien eliminar del mismo.

Viene este preámbulo a colación del indecente acuerdo de coalición entre PSOE y Podemos para la formación del gobierno socialcomunista que actualmente dirige nuestra nación, ya que dicho entente no deriva de ningún tipo de imposición, sino que tan solo obedece al desmedido afán de poder que caracteriza a los líderes de ambas formaciones.

La peyorativa valoración del acuerdo está de sobra justificada, dado que tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias durante la campaña electoral proclamaron hasta la saciedad que jamás pactarían entre ellos para formar gobierno. De hecho, los ataques personales entre ambos marcaron la tónica general de su discurso.

Así, P. Sánchez manifestó su rechazo a unir su destino al populismo que representaba P. Iglesias, aduciendo que “el final del populismo es la Venezuela de Chávez, la pobreza, las cartillas de razonamiento, la falta de democracia y, sobre todo, la desigualdad”, por lo cual veía inviable un gobierno de coalición con la formación morada, ya que entonces “sería un presidente del Gobierno que no dormiría por la noche, junto al 95% de ciudadanos de este país”.

Por su parte, P. Iglesias no dudaba en tildar al PSOE como el partido que no solo estaba manchado de cal viva, sino que también formaba parte de la casta política llamada a extinguirse, ya que, por mucha flor que llevara en las manos, se le había acabado el chollo de mentir y había dejado de representar a la gente corriente.

Hemos de reconocer que ambos líderes políticos estaban armados de razón al descalificarse mutuamente, pero tras los resultados electorales la confrontación quedó enterrada en el olvido, para dar paso al abrazo de la vergüenza, demostrando con ello su absoluta hipocresía.

Desgraciadamente el drama nacional no terminó con el acuerdo de gobierno, sino que aumentó en intensidad cuando P. Sánchez, haciendo gala de la falta de principios que le caracteriza, dejó atrás también su promesa de no servirse ni por activa ni por pasiva de ningún partido independentista, y así, siguiendo la tradición fáustica de vender el alma al diablo y con la única finalidad de asegurar su investidura y las prebendas que ello conlleva, fue capaz de pactar tanto con los golpistas catalanes como con los filoterroristas vascos, evidentemente a cambio de importantes concesiones en materia competencial y económica.

De esta forma, con una desagradable sensación de repugnancia en el cuerpo, hemos sido testigos privilegiados de la constitución de un nuevo Frente Popular, semejante a aquel otro de 1936 que tanto horror trajo consigo.

Evidentemente el Frente Popular, dada la disparidad de intereses que albergan las distintas partes que lo conforman, se ha convertido en una auténtica casa de los horrores.

Así, en apenas un año de gobierno, los choques entre el PSOE y Podemos han sido constantes, enfrentándose los ministros de uno y otro partido por todo tipo de cuestiones,  mientras, al margen de todo ello, los independentistas catalanes y vascos proseguían inmersos en su trastorno obsesivo-compulsivo supremacista y xenófobo, el cual les impone como única hoja de ruta la destrucción de la nación española.

Ante esta falta de sintonía, la estrategia de cada una de las partes es evidente. Así, P. Sánchez, desde su patológico narcisismo, solo está interesado en mantenerse en el poder, sin importarle lo más mínimo el procedimiento a seguir.

Por su parte, P. Iglesias, sabedor de que su formación tiende a la irrelevancia debido a la continua pérdida de votantes, intenta reconvertir a su partido en un centro de comunicaciones entre socialistas y separatistas, mientras no cesa en el intento de deslegitimar las instituciones democráticas.

Por último, los independentistas, en su enloquecido viaje a ninguna parte, solo saben que se quieren ir, si bien no parecen saber adonde, y a ello dedican todos sus esfuerzos, sin reparar que ni tan siquiera en su región cuentan con el suficiente apoyo ciudadano.

La pandemia ha puesto de manifiesto el fracasado proyecto en que se ha convertido esta España dividida y enfrentada.

Así, con un presidente declinando cualquier tipo de responsabilidad, el Gobierno de la nación se ha mostrado incapaz de implementar un plan único de actuación para afrontar la gravísima crisis, primariamente sanitaria y secundariamente económica, que estamos padeciendo, con el consiguiente perjuicio para el conjunto de los españoles.

A la vista de todo lo expuesto resulta evidente que España necesita recapitular y recuperar el espíritu de la transición, derivado de la madurez de una generación de españoles que, tras 40 años de paz y prosperidad, tuvieron la altura de miras suficiente como para, desde un presente prometedor, asumir sin rencor el pasado y afrontar sin temor el futuro.

Para ello resulta fundamental reconocer que la Constitución constituye un intento fallido de construcción de una España en paz con su pasado, libre de complejos y servidumbres y abierta al futuro más esperanzador.

Ello es así por la manifiesta incapacidad de nuestra Carta Magna para hacer posible la idea de una España unida y cohesionada en torno a unos valores que reflejen la necesaria conciliación de la tradición con la modernidad, para, de esta forma, sentar las bases que garanticen la convivencia pacífica, la igualdad ante la ley y las libertades individuales en todo el territorio nacional.

En consecuencia, España necesita reformularse desde la elaboración de un gran proyecto de reconstrucción nacional, cuyas líneas maestras entendemos que deberían ser las siguientes:

 1- Garantizar la unidad de la nación española, no de forma retórica sino fehaciente, estableciendo como único sujeto soberano de la nación al conjunto de la ciudadanía y no a supuestas entidades territoriales cuyas raíces solo podemos encontrarlas en el terreno de la ficción histórica.

Para ello resulta imprescindible modificar la Ley Electoral, de tal forma que a las elecciones generales solo se puedan presentar aquellos partidos políticos de implantación nacional que lleven un programa de gobierno para todos los españoles y no solo para una parte de ellos.

2- Fortalecer al Estado mediante el mantenimiento en exclusiva de las competencias en materia de Seguridad Social, Defensa y Relaciones Internacionales, la recuperación de las competencias de Justicia, Sanidad y Educación y el establecimiento de un techo competencial para las Comunidades Autónomas.

La finalidad de todo ello sería, por un lado, asegurar la cohesión interna de la nación española y, por otro lado, procurar la igualdad de trato a todos los españoles, independientemente de su lugar de residencia.

3- Garantizar una auténtica separación de poderes y, en consecuencia, la independencia real del poder ejecutivo, legislativo y judicial, para lo cual resulta imprescindible, por una parte, acabar con la oligarquía partitocrática y, por otra, cambiar la actual Ley Orgánica que regula la composición del Consejo General del Poder Judicial, para que la elección de sus miembros vuelva a recaer en los propios jueces y no en los políticos de turno.

En definitiva, ante la gravedad de la situación actual por el riesgo de desmoronamiento de la nación española, podemos dejarnos llevar por el desánimo y entregarnos a las fuerzas que pretenden aniquilar toda posibilidad de construir ese gran proyecto nacional que España tanto necesita, o bien podemos oponer tenaz resistencia con la noble intención de volver a la senda de la razón y el progreso.

Cabe en este punto recordar al emperador Marco Aurelio cuando en sus “Meditaciones” nos decía “Mira hacia el pasado, con sus imperios cambiantes que se alzaron y cayeron, y serás capaz de prever el futuro”.

Desde luego no son vanas palabras, sino el esperanzador mensaje de que torres más altas han caído, por lo que si somos capaces de asumir que es posible evitar el triste destino que pretenden imponernos desde las filas del totalitarismo socialcomunista y el supremacismo independentista entonces, y solo entonces, podremos alcanzar la victoria.

Rafael Garcia Alonso ( El Correo de España )

viñeta de Linda Galmor