Dicen que la sabiduría popular se encierra en los refranes, pues hay uno que reza: «Es de bien nacidos ser agradecidos», y cuando contemplo que Su Majestad el Rey Juan Carlos abandona su patria tengo que reconocer que en España falta agradecimiento.

Al jurar en Las Cortes el 22 de Noviembre del año 1975, se convertía en el Monarca más poderoso que había regido nunca nuestra patria, ni Leovigildo que unificó a los hispanorromanos con los godos; ni Alfonso VI al conquistar Toledo; ni Fernando III o Jaime I, los grandes conquistadores; ni Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto; ni Carlos I, emperador como Carlomagno; ni Felipe II en cuyos dominios no se ponía el sol; ni Felipe V, nacido francés y luego más español que el cocido; ni Fernando VII, el último rey absoluto tuvieron jamás el poder con el que Don Juan Carlos fue investido.

Y no lo usó en ninguna ocasión, tampoco para cambiar el orden político. Teniendo un poder omnímodo fue dando pasos para ir despojándose poco a poco del mismo y siempre dentro de la ley. Nombró Jefe de Gobierno escogiendo en la terna que le presentó el Consejo del Reino, hizo renacer a los partidos políticos, incluido el comunista lo que causó no poca conmoción, alentó una Constitución que casi no le dejaba ni las migajas de todo a lo que había renunciado -sus facultades se reducen a nombrar al personal de su Casa- y España casi sin notarlo realizó la transición de un régimen autoritario al que ahora disfrutamos. Sin alharacas, sin hacer valer su desprendimiento, con la sonrisa en los labios.

Con él la nación fue rehaciéndose, las autovías y los trenes de alta velocidad no solo facilitaron las comunicaciones también vertebraron el país, la riqueza y el bienestar han bendecido a sus habitantes, y España que padeció el drama de la emigración se ha convertido en desiderata de los extranjeros y finalmente ha ocupado el lugar que le corresponde en el mundo civilizado accediendo a los foros internacionales: UE, OTAN… mientras el prestigio de Juan Carlos I crecía y crecía junto con el de la nación que regentaba y no hablemos de Hispanoamérica donde su figura se reconoce como algo propio.

«¿Tú crees que estas cosas se me pueden llegar a olvidar?»

Pasado el tiempo se puede contestar a aquella pregunta: quizás no las ha olvidado pero ha hecho algo mejor, actuar como si no las recordara.

Un día tuvo que detener un golpe de Estado y lo llevó a cabo con toda sencillez, mientras las fuerzas políticas -excepto pocas y honrosas excepciones- se habían sometido con actitudes bochornosas. En otra ocasión supo desde la autoridad de la Historia, silenciar a un impertinente con una sola frase: «Por qué no te callas».

Hace seis años, con su generosidad de siempre y pensando en España, abdicó en el Príncipe de Asturias, quien en este lustro ha demostrado cumplidamente que la preparación es imprescindible para ocupar los más altos cargos y se ha constituido en modelo de lo que ha de ser la cabeza de un Estado. A Don Juan Carlos siguen sin dolerle prendas y ahora, otra vez voluntariamente, decide borrarse y abandonar España.

El Rey que nació en el exilio y había vivido la infancia y la adolescencia desterrado, con 82 años y la salud endeble toma la decisión de no pisar el suelo de su país, algo siempre muy duro y para un octogenario, incluso cruel.

Y no se siente el clamor de los españoles rechazando esa situación: muchos de los que temían desastres cuando accedió al trono hoy han fallecido y por eso no se oyen sus voces, pero los jóvenes que han estudiado y prosperado bajo su Reinado, los empresarios que han levantado el país en estos años, los medios de comunicación que han recobrado una libertad que tenían olvidada, los políticos que han realizado sus carreras gracias a las leyes impulsadas por el Monarca que se aleja y aquellos cuya existencia se ha modificado y ha sido distinta gracias a la generosidad de un Rey singular están mudos, prefiero pensar que sobrecogido el ánimo.

A pesar de todo y considerando todo lo acaecido, la reflexión que me viene al pensamiento es la misma de Romanones, presidente del Gobierno y jefe del Partido Liberal: «¡Joder, qué tropa!».

Marqués de la Serna ( ABC )