La pandemia del Covid-19 ha llevado a la ruina a buena parte de los sectores esenciales de la economía, pero también representa una oportunidad histórica para que la industria y los servicios puedan avanzar a una velocidad sin precedentes hacia su modernización.

En todos los países europeos relevantes, las autoridades llevan tiempo planificando ese salto cualitativo, necesario en un ejercicio de previsión razonable, mientras que la actitud indolente del Gobierno causa asombro en Bruselas, en contraste con el discurso de Pedro Sánchez, que parece haber depositado la solución de todos nuestros problemas en la llegada de esos fondos comunitarios, presunto bálsamo de Fierabrás para la mayor crisis económica que hemos conocido desde el fin de la guerra civil.

La realidad es que España es uno de los países con menor capacidad para absorber los fondos europeos y, ante la pasividad en la que se enroca el Gobierno, surge el espectro de la desastrosa experiencia del «Plan E» de Rodríguez Zapatero.

Las nuevas ayudas -cuya tramitación está aún sembrada de obstáculos, no todos de fácil solución- están diseñadas con un objetivo de modernización que no figuraba en los planes de la extraña coalición en cuyas manos está el timón del país.

Es más, los planes para agilizar la llegada de ese dinero a golpe de decreto-ley son un síntoma de que Sánchez no ha entendido nada, porque lo que espera Bruselas es precisamente que el Gobierno empiece por aplicarse a sí mismo esa cura de modernización acelerada, con una digitalización que racionalice y abarate su funcionamiento.

La sombra de aquel nefasto «Plan E» planea sobre la gestión de unos fondos que el Ejecutivo debe aprovechar -dos semanas tiene para enviar a la Comisión su plan de reformas- para sacar a España del bache, no para hacerlo más profundo.

ABC

viñeta de Linda Galmor